Salir de la violencia machista es como aprender de nuevo a caminar. Con cada paso van quedando atrás las pesadillas, la dependencia y el miedo, hasta que renaces “como el ave Fénix”, explica Paloma Sotoca, una mujer que después de nueve años de maltrato y dos intentos de asesinato vive la vida con la que siempre había soñado.

«Te caes muchas veces a lo largo del camino, pero se sale. Yo, hoy por hoy, tengo mi trabajo, tengo mis amigos, hay alguien en mi vida y vuelvo a sonreír. Hacía años que no me reía a carcajada limpia», relata esta superviviente en una entrevista con TVE.

Historias como la suya relucen bajo la losa de la violencia de género, que en el caso de esta mujer cayó sobre sus hombros desde que empezó a salir con su agresor, el hombre que la aisló de sus amigos y su familia, haciéndola creer que en el mundo no había nadie más.

«El miedo es un arma más dañina que un tiro»

«Mi mundo eran él y sus hijos. Y te lo crees porque no tienes nada, no hablas con tu familia porque te da vergüenza que lo sepan. Te hacen creer que lo mereces y te crean dependencia y miedo», dice Paloma, convencida de que «el miedo es un arma más dañina que un tiro».

Durante los nueve años que duró la relación, ella no pudo disfrutar en compañía, pero tampoco en soledad, ya que su pareja acabó incluso con sus aficiones.

“Cuando ya no tenía cómo castigarme me quemaba los libros. Yo los usaba como vía de escape y él me destruía ese refugio. También hacía ganchillo y me desaparecían las agujas o la lana”, recuerda la mujer. Sabe que ya nadie podrá devolverle aquel tiempo robado pero es capaz de relatar con serenidad algunos pasajes de su vida que le han dejado la memoria llena de cicatrices.

Por momentos se emociona, sobre todo cuando ejemplifica el maltrato psicológico al que estuvo sometida y el dolor que le provocaba asumir como ciertos los insultos y vejaciones.

Su mirada se endurece cuando detalla cómo se produjo la violencia física, el otro suplicio, que llegó a los cuatro años de relación.

“Estuve durmiendo mucho tiempo con un cuchillo debajo del colchón, pero lo peor que recuerdo fue cuando me sacó de la cama a patadas y me obligó a dormir en el suelo, sin una manta, sin una almohada”, relata Paloma, que perdió varias muelas con los golpes y que también fue agredida sexualmente.

Lo que más le dolía, en cambio, era que los dos hijos de su maltratador -a quienes considera como propios- tuvieran que presenciar tantas escenas violentas.

“Recuerdo una noche que intentó pegarme y su hija se puso por medio. Para mí fue muy duro que la echara de casa por defenderme. O cuando el niño se sentaba conmigo y me limpiaba la sangre”, explica la mujer, que en aquel momento regentaba un bar con tablao flamenco en Castellón.

El momento de decir «basta»

La crueldad de su agresor no tenía límites. Llegó a asegurarle que si no la mataba era para no acabar con el sufrimiento, y que prefería quemar la casa de sus hermanas, con sus sobrinas dentro, para ver «cómo era capaz de vivir con eso».

El día en que el maltratador quiso pegar a su propio hijo fue cuando Paloma dijo “basta”. Como respuesta, un primer intento de acabar con su vida tirándola por las escaleras y un segundo enfrentamiento, al día siguiente, que rozó la tragedia.

“Cuando le dije que no quería seguir con él, que tenía que estar por amor y no por miedo, cogió un cuchillo de la cocina de mi bar y empezó a perseguirme. Salí por la puerta descalza y corriendo toda la calle para arriba pidiendo socorro”, señala Paloma, que en su huida se coló en el taller de motos de unos conocidos y ellos pudieron esconderla.

Lo siguiente que recuerda es estar dentro de la ambulancia y llegar al centro de salud con un desprendimiento de retina causado por un puñetazo en el ojo que requirió de una intervención quirúrgica de urgencia.

“Al día siguiente hubo un juicio rápido y cómo es la mente… Yo le pedía la jueza que no lo metiera en la cárcel, que el pobrecito estaba enfermo. Y lo que yo no entendía es que cuando él entraba en la cárcel yo salía de la mía”, dice Paloma, que por recomendación de la Guardia Civil abandonó Castellón y se mudó primero a un pueblo de La Mancha y luego a Madrid.

El temor volvió con la excarcelación de su agresor

Todo marchó bien, cuenta, hasta que tres años después se enteró por su hermana mayor de que su expareja había salido de la cárcel. El miedo volvió a su vida y estuvo un tiempo sin pisar la calle.

«Adopté un perro y fue lo que me obligó a salir porque tenía que sacarlo. Era muy raro porque si salía con él no tenía miedo y eso que era una bolita de tres meses», recuerda Paloma, que por temor y por vergüenza se «disfrazaba» con una capucha, un pañuelo y unas gafas de sol.

Así acudió a sus primeras sesiones de psicoterapia, donde consiguió desprenderse no solo de esa vestimenta, sino también de los miedos.

«Cuando él me pegaba yo me quedaba enroscada donde me hubiese dado la última. Para calmar el dolor soñaba con que algún día podría escapar y con la vida que iba a tener. Y esa es la vida que tengo ahora», dice Paloma con orgullo después de haber aprendido que su vida es suya “y de nadie más”.

Tal es su resiliencia que ahora responde de manera directa al comentario arrogante que le hizo su expareja cuando rompió la orden de alejamiento vía Facebook: «Me dijo que él era como el ave Fénix, que resurgía de sus cenizas. No, ave Fénix yo, que he resurgido de la porquería de vida que me diste«, recalca.

Ahora al fin puede disfrutar de su tiempo, leer, viajar, escuchar música y comprarse «lo que le da la gana».

anima a otras mujeres que hayan sufrido violencia machista de cualquier tipo a seguir sus pasos: «Que no se callen, que se lo cuenten al primer policía local, al primer guardia civil o al primer médico, pero que pidan ayuda».

Ser dueña de una misma

Para llegar a ese nivel de autoconfianza Paloma contó con el apoyo incondicional de su familia y con el seguimiento de la Asociación Mujeres Unidas Contra el Maltrato (MUM), que ayuda y asesora a víctimas de la violencia de género.

“Si no os llego a encontrar no sé qué hubiera sido de mí. Nos enseñáis a andar porque no sabemos por dónde tirar”, asegura Paloma dirigiéndose a su «angelito», la psicóloga Rocío Peces Morera, con quien se ha reencontrado en la sede de la asociación con motivo de la entrevista.

Ahora ambas son capaces de reír juntas en el mismo despacho en el que años atrás Paloma ni siquiera era capaz de reconocerse como víctima de maltrato.

“Cuando llegan por primera vez llegan con la duda de no saber si lo que están viviendo realmente es maltrato o no, y si son culpables de lo que ocurre”, explica la psicóloga, que apunta que lo que más les cuesta recuperar a estas pacientes es la autoestima y la dependencia.

Por eso, subraya, hay que ofrecerles seguridad y recursos “sin caer en la sobreprotección», porque lo que ellas necesitan es empezar a tomar las riendas de su propia vida.

Cualquier mujer puede ser víctima de esto. Tienen que saber que pueden recuperar su autoestima y cambiar el concepto de sí mismas. Se puede salir y se sale”, asevera Rocío, que vio a Paloma alzar el vuelo cuando solo intentaba caminar.