Desde el verano de 1989 se mascaba que al régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA) le quedaba poco

Un periodista hizo una simple pregunta de trascendencia histórica: «¿Cuándo?» y Schabowsk contestó: “¡De inmediato!“

El 9 de noviembre de 1989 era jueves, un día cualquiera de una semana cualquiera para el mundo, salvo para los alemanes, porque un fatídico 9 de noviembre, el de 1938, tuvo lugar la Noche de los Cristales Rotos, el pistoletazo de salida para la persecución de los judíos y el Holocausto.

Otro 9 de noviembre, el de 1918, se proclamaba en Berlín el fin de la monarquía y se daba paso a la República de Weimar. Solo cinco años después, otro 9 de noviembre, Adolf Hitler lanzaba su primer y fracasado asalto al poder.

Pero el de 1989 iba a ser muy distinto. Se palpaba en el ambiente desde semanas y sobre todo desde días antes. Desde el verano se mascaba que al régimen comunista de la República Democrática Alemana (RDA) le quedaba poco.

Su jefe de Estado, Erich Honecker, era, junto al de Rumanía, Nicolae Ceaucescu, el más resistente a entrar en la vía del cambio puesta en marcha por el líder soviético, Mijail Gorbachov, con su perestroika y su glasnost.

El 11 de septiembre, Hungría había decidido abrir su frontera con Austria, en lo que fue el primer agujero en el Telón de Acero que dividió Europa en dos, el Oeste y el Este, el capitalismo y el comunismo.

Un agujero que miles de alemanes del Este aprovecharon para huir al Oeste. Resulta paradójico ver ahora cómo Hungría cierra sus fronteras a otros refugiados construyendo nuevos muros.

Además, otros miles se refugiaron en la embajada de la República Federal de Alemania (RFA) en Praga. Fue otro de los acontecimientos clave. Hans-Dietrich Genscher, entonces ministro de Asuntos Exteriores, tras dar su visto bueno Berlín Este, pudo decir desde la misma legación diplomática: «¡La salida está autorizada!».

Los allí refugiados viajaron a la RFA en trenes que tuvieron que atravesar la RDA. Era el 30 de septiembre de 1989. «Fue sobre todo un día de satisfacción porque pude decir a las personas que estaban allí:„¡El camino está libre!“, y eso me emocionó profundamente.

No recuerdo ningún otro acontecimiento en el que estuviese tan contento y tan profundamente conmovido», me comentó una década más tarde.

Manifestaciones por la paz en Berlin
Manifestaciones por la paz en Berlin

Manifestaciones por la paz

Los acontecimientos se iban sucediendo con asombrosa rapidez. En el otoño de 1989, todos los lunes se celebraban manifestaciones por la paz en Leipzig. Partían de la iglesia de San Nicolás. La Iglesia protestante apoyaba al movimiento cívico en contra del régimem comunista.

Las protestas eran cada vez más numerosas y se extendieron a otras ciudades de Alemania Oriental. Al grito de «Somos el Pueblo» («Wir sind das Volk») pedían cambios y libertad. El pastor de esa iglesia Christian Führer no ocultaba, años después, su orgullo al escribir una página decisiva de la historia: «Fue un milagro de dimensión bíblica. Creció y creció. Éramos el único lugar libre que había en la RDA. Pero era imbatible, intocable. Y lo conservamos».

La dictadura comunista en suelo alemán se iba desmoronando.

El 7 de octubre, Erich Honecker, había hecho oídos sordos a su colega soviético, el reformista Mijaíl Gorbachov, cuando, durante su visita a Berlín Este para conmemorar el cuarenta aniversario de la creación de la República Democrática Alemana (RDA), le advirtió: «al que llega tarde, la vida le castiga» o, lo que es lo mismo, «si no cambias el rumbo, la historia te castigará». Y así ocurrió.

Apenas un par de semanas más tarde, el 18 de octubre, era apartado del poder y sustituido por un gris Egon Krenz, al que los sucesos terminarían arrollando también.

El 4 de noviembre, una multitudinaria manifestación de más de medio millón de personas en la emblemática Alexanderplatz de Berlín Este fue el claro reflejo de que el final estaba cerca.

En ella participaron incluso antiguos miembros del régimen, como el ex jefe de los Servicios Secretos, Markus Wolf, que en los años 70 provocó la caída del canciller Willy Brandt.

30 años Caída muro de Berlin
30 años Caída muro de Berlin

Una pregunta histórica

Pero nadie podía imaginar que el Muro cayese como finalmente lo hizo, fruto de un malentendido, de un error.

Una aburrida rueda de prensa el 9 de noviembre adquirió la categoría de histórica cuando un anodino Günter Schabowski, portavoz del Comité Central del Partido Comunista, leyó el comunicado en el que se anunciaba la libertad para viajar: «Los viajes privados hacia el extranjero pueden ser solicitados sin la presentación de requisitos como motivos del viaje o relaciones familiares.

Los permisos se concederán en un corto plazo». No decía de forma literal que las fronteras quedaban abiertas pero sí que se podía viajar a todas partes solo solicitándolo.

Un periodista hizo una simple pregunta de trascendencia histórica: «¿Cuándo?» Y Schabowski, el soso funcionario comunista, sacó un papel del bolsillo y dijo las dos palabras que desencadenaron una noche de locura: «ab sofort! (“¡de inmediato!“)».

¡El Muro de Berlín había caído!

En realidad, la medida iba a entrar en vigor a las 4 de la mañana del día 10 y todo hubiese estado organizado. Pero al final su derrumbe fue fruto de un malentendido entre el jefe de Estado de la RDA, Egon Krenz, y el portavoz del partido comunista, Günter Schabowski, a la hora de anunciar la buena nueva.

Diez años después, resultaba un tanto patético comprobar que quienes habían propiciado una caída del Muro mágica, que se iba a producir en cualquier caso unas horas después, intentasen echar balones fuera.

Schabowski decía que Krenz y él habían hablado de que el nuevo decreto para viajar se hiciese público en la rueda de prensa, pero que Krenz no le dijo nada sobre un plazo para hacerlo efectivo.

Este a su vez me comentó que sí que le había informado y que para él fue la noche más dramática de su vida: “Muchas personas de Berlín se fueron inmediatamente al Muro. Decidimos dejar correr las cosas y no utilizar la fuerza.»

En el paso de la Bornholmerstrasse se produjo la mayor aglomeración, que fue en aumento con el transcurrir de las horas.

Los guardias fronterizos no sabían qué hacer. La presión de los ciudadanos iba a más en ese puesto y el responsable a su cargo, Harald Jäger, teniente de la temida Stasi (los servicios de inteligencia), decidió, sobre las 21.20, aplicar la llamada Ventillösung, dejar salir o pasar a unos cuantos, a los más alborotadores, a los que daban muestras de un mayor nerviosismo, para calmar los ánimos.

Harald Jäger buscaba así ganar tiempo y evitar que alguno de sus subordinados perdiese los nervios y disparase, lo que habría conducido a una noche muy distinta.

Pero cada vez había más gente gritando: «abrid la puerta», «vamos a volver».

Jäger llamaba una y otra vez a sus superiores pero no obtenía respuesta sobre qué hacer. 

Las órdenes no habían sido trasmitidas todavía. Y, como era lógico, en un régimen como aquel, nadie quería tomar la iniciativa por las consecuencias que podía acarrear posteriormente.

Finalmente, sobre las 23.29, bajo su responsabilidad, Jäger abrió la barrera. La palabra que más se escuchó aquella noche de locura berlinesa fue justamente Wahnsinn («locura»).

Fue precisamente por ese puesto por el que la canciller Angela Merkel pasó esa noche a Berlín Oeste para dar una vuelta y tomar una cerveza.

«Quería darme una vuelta por el otro lado»

A más de uno la cerveza que tomó al otro lado casi se le atraganta cuando, al volver, les dijeron que no podían entrar de nuevo porque habían abandonado el país.

En esa noche se escucharon los «por favor, he dejado a los niños solos», «he salido casi en pijama», «solo quería darme una vuelta por el otro lado», «mañana trabajo». Al final, todos durmieron -también los que durmieron la mona- en sus casas. A medianoche, todos los pasos del Muro estaban abiertos.

El estado policial y represor de la República Democrática se desintegró sin disparar un solo tiro. La revolución pacífica de sus ciudadanos lo había derribado.

El Telón de Acero pasó a ser historia. El tren ya no se detendría. Fue un día histórico para Alemania, para Europa y para el mundo, el final de la Guerra Fría. El destino quiso esta vez que no se vertiese sangre en territorio alemán.

Las imágenes de esa noche permanecen en la retina. El Muro de la vergüenza, aquel que llevó a Kennedy a proclamar su famoso „Ich bin ein Berliner“ («Soy un berlinés») y a todo amante de la libertad a sentir lo mismo, aquellos kilómetros de hormigón que habían dividido una ciudad, un pueblo, un país y también un continente y el mundo había caído por fin.

El propio canciller Helmut Kohl lo recordaba así: «Era una situación en la que no se podía dormir, se podía palpar la emoción con las manos. Fue la culminación de un sueño y no se puede olvidar».

Durante más de 28 años el Muro de la sinrazón recorrió Berlín y separó a familias y amigos. Muchos no pudieron verse durante años o solo se vieron en contadas ocasiones. Y los berlineses del Oeste, aunque en libertad, estuvieron también de alguna manera encerrados en una isla en medio de la confrontación entre las dos superpotencias.

El 9 de noviembre de 1989 la historia les hizo un regalo a los alemanes de uno y otro lado que menos de un año después, el 3 de octubre de 1990, celebraban su reunificación. Pero esa es otra historia.

Basado en la historia de Pilar Requena (corresponsal en Alemania y es autora del libro ‘La potencia reticente. La nueva Alemania vista de cerca’)