El discurso político no se limita al acto lingüístico de la enunciación. Como acontecimiento, interacciona con la sociedad y los imaginarios a través de los medios de comunicación, como ocurrió en la sucesión de hechos desde la decisión de Niceto Alcalá Zamora de nombrar a Portela Valladares presidente del Consejo de Ministros el 14 de diciembre de 1935 hasta la celebración de la jornada electoral de 16 de febrero de 1936.

En ese contexto, la prensa fue el principal medio propagador del discurso político. La reiterada petición de la inmediata disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones legislativas se imbricó con una división antagonista de las posibles coaliciones electorales en « frentes » y el empleo de un lenguaje belicoso.

En la tesitura del enfrentamiento en ciernes, Ramiro de Maeztu se preguntó si era posible una política de centro, como escribió en el diario madrileño ABC.

Desde 1917, cuando surgió la revolución rusa, había habido que elegir diariamente (escribía Maeztu) entre el « orden cristiano » y la « revolución social », entre España y la « no España », entre Cristo y el « no Cristo ».

Ante semejante disyuntiva, afirmó que la política de centro era una paradoja, pues la libertad absoluta sólo fomentaba la amenaza revolucionaria :

« Libertad absoluta para que la revolución nos amenace, y mucha Guardia civil, mucha Policía, muchos guardias de Asalto para protegernos contra ella. Cada día habrá en la calle más hombres de uniforme y con fusiles.

En los quioscos, los periódicos de la lucha de clases y la promesa de un degüello general de burgueses y, junto a ellos, toda clase de hombres armados, para que el degüello se realice ».

La agitación del miedo mediante la amenaza del terror fue, así, un recurso político. La propaganda suscitó el choque de emociones mediante la toma de conciencia ante un peligro, la revolución, que amenazaba la propia supervivencia.

El diario El Debate, medio oficioso de la CEDA que era propiedad de la Asociación Católica de Propagandistas, publicó el editorial « El frente contrarrevolucionario » ese mismo día 3 de enero.

El editorial consideró las elecciones que habrían de convocarse como « gran batalla ciudadana » frente al enemigo en defensa de los intereses de España ; enemigos que eran los mismos de la « revolución de Octubre » de 1934.

La amenaza del « frente revolucionario » fue propagada en el discurso político mediante la estereotipación del enemigo a través de procedimientos argumentativos de simplificación, exageración y desfiguración de la realidad, dividida maniqueamente en « revolución » o « contrarrevolución », « barbarie » o « civilización ».

Ante la disyuntiva, en la que no se debatía problema parcial alguno, sino la ruina o la salvación de España, sólo procedía la unidad por encima de las diferencias :

« Si los revolucionarios renuncian a sus diferencias políticas, a sus discrepancias en las concepciones sociales, si incluso se alían con ellos las izquierdas burguesas, sacrificándolo todo para ir en pos de su quimera de destrucción y anarquía, obvio es aceptar del enemigo el consejo.

Hace falta oponer otro frente común, en el que militen todas las fuerzas de signo positivo de España, es decir, todas las que están contra la revolución y sus cómplices.

A un lado todo lo que desune, al margen todas las diferencias en los momentos electorales.

Nadie pierde ni cede nada de sus principios políticos, de sus especiales concepciones programáticas, porque nada de eso se pone en juego en unos conflictos en que sólo se debate algo más amplio y común a todos, que es la civilización, la supervivencia misma de España ».

El término « unidad » se empleó como un significante sin significado, es decir, como un « significante vacío » que se utilizaba para conjuntar diversas identidades contrarias a la revolución.

La agrupación coyuntural de diferentes sujetos sociales se produjo mediante la construcción de un punto nodal sin un significado específico que daba sentido, sin embargo, a las luchas políticas. Este recurso aglutinador aparecía en el editorial de El Debate :

« Ya se entiende además que la unión, precisamente porque en las circunstancias difíciles ha de ser muy amplia, no puede estar sometida a ninguna condición que no sea la de ser ante todo y sobre todo antirrevolucionaria.

Imponer el criterio parcial de un partido en cualquier materia concreta accidental es desvirtuarla ya de antemano y hacerla imposible. Huelga decir por ello que no pueden admitirse compromisos postelectorales.

Vencida la revolución, superado lo que fue aglutinante común de todas las fuerzas políticas, éstas recobran su independencia de acción para obrar políticamente según sus principios.

Concebir de otra manera la unión electoral, condicionar la base amplísima de coincidencias es hacer el juego a la revolución, facilitar su ventaja y sacrificar el interés común a cualquier criterio, respetable sin duda, pero no compartido por la totalidad de los electores.

Es además hacer el juego a los cómplices conscientes o inconscientes de la revolución, que intentan crear un artilugio a costa de las fuerzas antirrevolucionarias y que son los elementos más peligrosos de estas elecciones ».

De este modo, lo que establecía la unidad dentro de un campo de significación no era algo positivo que todas las identidades diferenciales compartieran entre sí, sino algo negativo que era externo al campo de significación : la oposición a un enemigo común.

Los contenidos particulares de las varias identidades diferenciales se difuminaban en la unidad del « frente contrarrevolucionario » : una forma de denominación lo suficientemente laxa como para dar cuenta de todas las demandas en conjunto, pero de ninguna en particular, a partir de la oposición a una amenaza externa : la revolución de octubre de 1934, cuya imagen en el discurso político venía provocando un enconado antagonismo.

Esta estrategia fue una operación hegemónica de la CEDA, debida a la primacía de las candidaturas mayoritarias en el sistema electoral.

El objetivo era no cerrarse en una estrecha perspectiva partidista, sino presentarse a amplios sectores políticos como el verdadero agente realizador de objetivos más amplios, como era la defensa del « orden ».

Sin embargo, esta maniobra suscitó las reticencias de los posibles aliados electorales. El diario ABC del 4 de enero señaló la « contradicción » del editorial de El Debate del día anterior al alentar la unidad electoral y rechazar los pactos postelectorales.

En contra de esta opinión se afirmaba que sería tras el « traumatismo » de la jornada electoral cuando empezaría « la verdadera y terrible lucha entre España y la revolución ».

Por ello, era necesario un programa contrarrevolucionario concreto que sacara a la victoria su eficacia o, en caso de derrota, para no resignarse al aniquilamiento de España.