Un epitafio para despertar a la Sociedad

Mare Nostrum, Un mundo difuso para una agricultura en riesgoJuan Vicente Pérez Aras es Diputado Nacional por el Partido Popular - Colaborador de ValenciaNews

Atrás dejamos una semana marcada por la despedida del “arquitecto de la Transición”, todo un ejemplo en vida y un símbolo en su muerte que hoy cerramos con el funeral de Estado en la catedral de la Almudena de Madrid. Cuando los referentes se pierden, la orfandad se hace patente y, a pesar de los esfuerzos de la LOGSE por limitar el conocimiento legítimo de nuestra Historia, en este caso reciente, el grito unánime de toda la sociedad española se reflejaba en las expresiones de aquellos que acompañaron al cortejo fúnebre por las calles de Madrid. La solemnidad y el respeto, la admiración y el orgullo, sólo vienen a constatar la grandeza de este país y sus gentes, capaces de los mayores hitos cuando son capaces de armonizar una convivencia pacífica entre ellas, con un objetivo común.

España ha sabido estar a la altura de la grandeza de un servidor público excepcional, convencido de “que las creencias y las convicciones hay que traducirlas en actos; que los hombres y las mujeres valen por lo que hacen; que la vida y el quehacer público alcanzan su sentido más pleno cuando se desarrollan en servicio a los demás; de él aprendí el valor de la conciencia recia y de la coherencia personal. Desde luego también aprendí lo más sustancial del quehacer político. Fernando me enseñó que solo merece tal nombre el esfuerzo paciente y continuo por la mejora material y espiritual de todos los que integran la comunidad. Me enseñó, sobre todo, que el trabajo debe estar presidido por la razón, el sentido común y un claro ideal de justicia. Y que las tareas más difíciles hay que llevarlas a cabo con sentido del humor, con la sonrisa en los labios. Sin presunción. Desde el más profundo respeto hacia todos”. Palabras extraídas del texto pronunciado por el propio Suárez en el homenaje al que fue su mentor político, el castellonense Herrero Tejedor.

En dicho acto, finalizando la década de los 90, Suárez plasmó una definición sobre la etapa política que le tocó vivir realmente impresionante y que hoy en día cobra mayor valor si cabe: “A mi juicio la transición fue, sobre todo, un proceso político y social de reconocimiento y compresión del ‘distinto’, del ‘diferente’, ‘del otro español’ que no piensa como yo, que no tiene mis mismas creencias religiosas, que no ha nacido en mi comunidad, que no se mueve por los ideales políticos que a mí me impulsan y que, sin embargo, no es mi enemigo sino mi complementario, en el que completa mi propio ‘yo’ como ciudadano y como español, y con el que tengo necesariamente que convivir porque sólo en esa convivencia él y yo podemos defender nuestros ideales. Nadie en política democrática, posee la verdad absoluta. La verdad siempre implica una búsqueda esforzada que tenemos que llevar a cabo en común, desde el acuerdo de convivir y trabajar juntos. A esta convivencia libre y pacífica, nos impulsa como necesidad no solamente el pasado histórico, sino el presente y el futuro. Esa convivencia está fundada en realidades económicas comunes, económicas, sociales y políticas que, a mi juicio, son indiscutibles”.

Y ahí está la esencia de su realpolitk, la preminencia de la ética personal y política. Suárez encarna el beruf weberiano que define la figura del político y hombre de Estado moderno: la pasión, el sentido de la responsabilidad y la moderación. En él se conjugan dos elementos discordantes en la teoría weberiana, la ética de la responsabilidad y la ética del sentimiento para poder llegar a esa sublime definición de la Política como el “arte de lo imposible”.

Cuando se elevan las voces invocando “la dignidad del pueblo” envolviéndose en el manto de la violencia y la intolerancia, cuando la algarada busca amordazar el Estado de Derecho al que no reconocen ni respetan, perdemos la esencia de todo aquello que nos hizo más fuertes como nación, la convivencia desde la diferencia. La Sociedad no puede ni debe perder ese espíritu, debe alzar su voz, la del Estado social y democrático de Derecho que solo puede servir a los intereses comunes, por encima de ideales partidarios y que nuestra Constitución consagra. Recordemos la senda que nunca se ha de volver a pisar, de los versos machadianos y hagamos bueno entonces, ese epitafio.

Juanvi Pérez