Sociedad líquida

Juan Vicente Pérez Aras. Diputado Nacional. Politizando una crisisJuan Vicente Pérez Aras. Diputado Nacional. Politizando una crisis

La complejidad de nuestras sociedades avanza a un ritmo trepidante. Sociedades que ponen en valor ese espíritu disruptivo que caracteriza estos “tiempos de oscuridad”, como bien advirtieron Hannah Arendt y Bertold Brecht.

Tiempos en los que el distanciamiento de la política por parte de una sociedad sometida a la segmentación, a la fragmentación, está provocando un serio problema en la base de nuestra convivencia.

Una alienación del individuo sometido a nuevos cleavages que buscan redibujar esos espacios de convivencia.

El sociólogo Zygmunt Bauman, ya definía este nuevo escenario introduciendo un nuevo concepto.

Sociedad líquida, que no invisible, para definir esa modernidad líquida que describe la volatilidad e inconsistencia, la incertidumbre que acecha nuestro día a día.

La solidez de valores tradicionales antes incontestables hoy se ve cuestionada por la fragilidad y la provisionalidad de aquello, que algunos definen como un nuevo paradigma, la “nueva” política.

Esta sociedad postmoderna enfrentada a sus propios miedos, se mira al espejo y no se reconoce, por la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad.

Son tiempos de cambios, no de revoluciones (salvo la revolución tecnológico-digital), donde estamos asistiendo a la constatación de esa diferenciación entre la sociedad del S. XIX y la de 2019.

Aquella se caracterizaba por la verticalidad, por una clara jerarquización que definía un modus vivendi y que ahora choca frontalmente con un nuevo modelo organizativo.

Nuestra sociedad actual vive y se desarrolla en la red y en red, con una clara horizontalidad que marca las nuevas interrelaciones sociales.

Una complejidad añadida que se traslada a los entornos electorales sin lugar a dudas. Los últimos escenarios electorales así lo han dibujado y el horizonte electoral del 26-M así lo va a constatar.

Una complejidad que pone a prueba la solidez de nuestro sistema. Un sistema donde el bipartidismo sigue resistiéndose a los arúspices de la “nueva” política, pero donde es evidente el efecto de la fragmentación y volatilidad de esa sociedad que nutre el cuerpo electoral.

Todos los actores implicados buscan la fórmula mágica que rompa una tendencia que ha venido consolidándose, como ya se venía advirtiendo.

Pero pócimas mágicas no existen, solo un nuevo paradigma desde la agilidad, autonomía, simplicidad y brevedad de una estrategia que tenga en el trabajo en equipo y de manera crucial, la visión femenina, el eje de su acción política.

Los nuevos estrategas de la comunicación y la negociación ya nos advierten de que antes, el pez grande se comía al pequeño. Ahora es el rápido quien se come al lento.

Un nuevo ecosistema que está generando nuevos depredadores electorales, que hagan mella en el apetecible banco de votos de nuestra sociedad.

Las formaciones políticas gestionan esta complejidad en busca de nuevos liderazgos que rompan las cadenas de la voluntad del electorado, capaces de interpretar correctamente para poder focalizar su acción política.

Un nuevo escenario que está definiéndose y que hará bueno el paradigma de John Kotter cuando se refería, a que “no se pueden dirigir empresas en el siglo XXI con estructuras del siglo XX y con mentalidad directiva del XIX”. Este es el contexto de esa sociedad líquida.

Un escenario que nos lleva también a esa política líquida, que está obligando a marcar un nuevo rumbo que evite los peligros de una neorealidad esculpida por los Medios a beneficio de inventario.

Un espectáculo efímero y cortoplacista que anula la necesaria reflexión en una sociedad más formada, pero más necesitada de valores y principios fuertes, como anclajes necesarios para desarrollar esa verdadera sociedad cosmopolita.