Sociedad espectáculo

Juan Vicente Pérez Aras. Diputado Nacional. Sociedad espectáculoJuan Vicente Pérez Aras. Diputado Nacional. Sociedad espectáculo

En 1997, el politólogo italiano Giovanni Sartori publicaba una de sus obras con mayor impacto a la vista de los hechos. Con “Homo videns. La sociedad teledirigida”, Sartori ya nos advertía de la evolución negativa de una sociedad compuesta por individuos abducidos por la televisión. Un fenómeno que trasciende los límites de lo racional para convertirse en el principal elemento socializador de nuestra sociedad.

Eliminada la capacidad reflexiva del individuo, que pierde así su propia independencia intelectual para mayor gloria de la nueva cultura multimedia, donde una vez más el individuo es sustituido por la masa. Anulada la capacidad cognoscitiva de aquel “homo sapiens” heredero de una cultura escrita que lo identificaba, la evolución negativa de la sociedad nos ha llevado a lo que el propio Sartori denominaba el nuevo “proletariado intelectual”, incapaz de articular ideas con claridad, llevado por ese nuevo espíritu esclavo de los centros generadores de opinión, que aprovechan esa debilidad del individuo formado al margen de las dos instituciones socializadoras por excelencia, la familia y la educación. Ambas en plena crisis al ser sustituidas por las nuevas fórmulas de una sociedad de masas, tal y como nos lo describía Ortega y Gasset, que anula esa noción de individuo y de público, y con ello la posibilidad de una auténtica opinión pública.

Vivimos momentos de zozobra como sociedad. La influencia de los Medios, su capacidad de penetración en el subconsciente de las personas, nos han llevado a un verdadero escenario de empobrecimiento del individuo para mayor gloria de los laboratorios sociales. La superficialidad de la argumentación, la violencia del comentario irreflexivo, la contumacia de aquellos que perseveran con las nuevas verdades reveladas, no solo merman los espacios de convivencia de esta sociedad enferma. Son un claro exponente de un nuevo modelo de sociedad en el que, el que más grita está en posesión de la verdad. Donde el postureo y la sobrerrepresentación son colaboradores necesarios en esta etapa de la posverdad.

Invertimos la carga de la prueba, socavamos los propios cimientos de la convivencia desde esa nueva ética populista, presta para ver la paja en el ojo ajeno y obviar la viga en el propio. Ahora, la desinformación, la formulación de falsos estereotipos, la obsesión por opinar de todo y de todos en base a una subliminal sabiduría teledirigida que nos permite establecer, dictar e imponer penas de telediario sin ningún pudor, marcan el día a día. Una degradación de la propia esencia del individuo que ha perdido esa imprescindible dimensión ética que castiga nuestra calidad democrática y nos aleja de esa ansiada sociedad cosmopolita. Una sociedad capaz de generar una opinión pública conformada por personas con una correcta información y conocimiento, que le permitirá distinguir el error, la falsedad, y no generar más dudas e incertidumbres.

La emoción anula a la reflexión y así se pierde la noción de persona y de público. Un proceso autodestructivo que cuestiona la propia libertad del individuo. Un individuo que ha perdido el “logos” para ser manipulado por el totalitarismo de la imagen, subyugando la propia verdad, atrofiando de ese modo nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra capacidad de entender.

Las consecuencias son terribles. Nos venden que los Medios nos muestran lo que la gente quiere ver. Y lo que sucede es justamente lo contrario. La sociedad, al no saber más que de lo que se le muestra, no puede interesarse por ninguna otra cosa, y el bombardeo teledirigido es implacable. Una enfermedad que corroe una debilitada democracia dominada por un falso progresismo que aplaude las nuevas cortinas de humo del demo-poder que no se corresponde, por desgracia, con un incremento del demo-saber. En definitiva, una sociedad espectáculo.