El Año Jubilar Vicentino ha pasado ya, con su apoteosis en medio de la primera vuelta electoral de esta primavera. Una jornada electoral, la del 28-A que nos deja la reflexión sobre la máxima del pare Vicent de “Sumar y no Restar”. Una cuestión vital para salir victorioso de los dos mayores conflictos políticos de la Edad Media en los que el dominico valenciano fue protagonista.

Una primera vuelta que nos ha dejado un escenario político advertido ya por las tendencias demoscópicas. En un país sometido al yugo educativo impuesto por la izquierda desde Villar Palasí, las matemáticas siguen siendo nuestro talón de Aquiles, salvo honrosas excepciones.

Nos enfrentábamos a un escenario inédito con 5 actores en liza disputándose el cetro electoral.

Una fragmentación que se visualizaba en dos bloques imperfectos, el de la derecha aún más, y que sumado a la volatilidad, incertidumbre y la confusión en la que se movía el cuerpo electoral, advertía ya una tormenta perfecta, como así ha sido.

La proporcionalidad de la Ley D’Hont ha puesto las cosas en su sitio, demostrando el por qué de la importancia de las matemáticas en el currículo académico.

El Sanchismo jugaba con la ventaja de la audacia de una lectura acertada del momento para encender la mecha electoral.

Y la bala electoral dio en toda la línea de flotación de un Partido Popular superado por las circunstancias y por aquellos cuyo único objetivo era su destrucción, sin importarles ni esta tierra, ni España.

Así ha quedado demostrado. La fractura del voto ha provocado una debacle electoral del que solo hay un claro vencedor.

No el PSOE, ni el manido progresismo, ni la social-democracia. Pedro Sanchez y su nueva y efectiva marca, el Sanchismo, ahora con el campo libre para aplicar unas políticas que ya se advierten demoledoras para las clases medias, los verdaderos pagadores de la fiesta sanchista.

Una sangría de votos perdidos, no optimizados, que han catapultado al Sanchismo, aún con su peor resultado, pero optimizado de forma extraordinaria por el efecto demoledor del fraccionamiento de “las derechas”.

Con Sanchez tejiendo desde Moncloa su particular tela de araña, el resto caía en la mortal trampa electoral.

No le hacía falta nada más, salvo ver desangrarse a sus enemigos entre ellos y él, solo sumar. Con una participación disparada, fruto de la contramovilización de la izquierda ante la estrategia de “las derechas”, el Sanchismo ha sido el gran beneficiado.

En 2016 hubo dos millones menos de votantes, pero PP y Ciudadanos sumaron 650.000 votos más que el bloque de PSOE/Podemos, sumando 13 escaños más (169). La constatación de la debacle es que ahora, el bloque PP/VOX/Ciudadanos han sumado 18 diputados menos que la Izquierda, aún ganando en votos en la mayoría de las circunscripciones.

La reedición del caso andaluz, al que muchos se aferraban, saltaba por los aires. Por no hablar del resultado en el Senado, donde el sistema de reparto mayoritario acababa por confirmar la debacle.

Ahora nos disponemos a afrontar una terrible segunda vuelta. Terrible por el efecto arrastre de los resultados del 28-A y por la trascendencia de unos resultados para generar gobiernos locales por una parte y, nada menos, rearmar la política europea ante la amenaza de ese nuevo nacional-populismo que busca su eliminación.

Confío en un efecto rebote a favor de una confluencia de votos hacía el Partido Popular, primera fuerza europea y defensora de un proyecto inclusivo desde las raíces del humanismo cristiano y los principios liberales para relanzar un proyecto que afronte los retos globales del siglo XXI.

Porque ahí si que estamos hablando de política, con mayúsculas. Las municipales, en otro contexto de decisión más condicionada por los propios candidatos y sus perfiles, estarán aún sometidas al tsunami electoral y a la debilidad interna de aquellos proyectos que no han sabido leer la trascendencia de las palabras del Pare Vicent, que ponen en valor la importancia de las matemáticas en el juego político, “Sumar y no Restar”.

“En política todas las victorias son efímeras, y todas las derrotas son provisionales”, así de contundente y fiel a sus principios se manifestaba nuestro Presidente fundador Manuel Fraga.

Una frase que deberíamos tener muy presente tras la debacle electoral del 28-A, porque lo importante es seguir luchando, levantarse una y otra vez. Catorce procesos electorales nos costó desarmar la hegemonía del PSPV en la Comunitat Valenciana, desde las Generales de 1977 hasta las Generales del 1993. Una victoria ratificada después en las europeas del 94 y las locales del 95.

Somos un partido de gobierno y nos debemos a esa sociedad que necesita nuestro impulso reformista. Porque con muchas más luces que sombras, hemos contribuido a ese despegue espectacular de la sociedad valenciana y española en las últimas décadas. Apliquémonos pues con las matemáticas y demostremos que sabemos hacer política.