Para quien escribo. Me lo pregunto casi a diario, porque uno no es un influencer, youtuber u otra vaina de ésas que consigue miles de seguidores exponiendo en público su vida sexual o qué hace desde que se levanta, explicando cómo comer sin peligro la amanita phalloides, por ejemplo, o dando clases para hacer macramé o para conseguir la felicidad irreversible en sólo siete días.

Antes, cuando no existían los artilugios electrónicos ni esas especialidades de comunicadores subvencionados a base de banners, skyscraper, robapáginas, reminder, rich media, billboard, advertorial…, uno se contentaba simplemente con describir y analizar lo que estaba sucediendo por si eso le servía a alguien en su vida cotidiana.

Empecé con ello hace 43 años y, aunque fundamentalmente mi trabajo periodístico ha consistido en tareas ejecutivas y de organización, uno lleva ya a sus espaldas sin darse cuenta miles de artículos. ¿Y si resulta que no han servido para nada? Es más: ¿y si resulta que nadie los ha leído?

Es una posibilidad no tan remota, porque uno lleva avisando hace mucho tiempo de comportamientos sociales erróneos, de conductas políticas nocivas, de actitudes evitables, de injusticias corregibles… y nadie, ni los interesados ni otros afectados, ha hecho nada por remediarlos.

Y, de darse el caso de que yo fuera por un lado y los lectores por otro, ¿por qué sigo escribiendo?

De repente me he dado cuenta de la abrupta verdad. Uno —al menos en mi caso— escribe siempre para sí mismo: a lo mejor, lo publicado no sirve para evitar catástrofes o para ayudar al prójimo, pero al menos, digo, le permite a uno reflexionar sobre la vida en general y la suya más en particular y de esa manera hacer que esta última tenga algún sentido.