Obviamente, las encuestas sirven para averiguar la opinión de los ciudadanos sobre un tema y predecir así su comportamiento. Lo malo es cuando este comportamiento finalmente se da de patadas con las encuestas, como ocurrió recientemente con las elecciones andaluzas y muchas veces más.

¿Se han vuelto tontos los encuestadores? Probablemente no. Probablemente sólo pretendan manipular a la opinión pública, mostrándola una pauta de actuación de sus conciudadanos, que los demás, para no ser unos raros, deberían seguir.

Eso ha llegado al paroxismo desde que está a cargo del CIS un dirigente muy cualificado del PSOE como es José Félix Tezanos. Lo que pronostica suele ser tan absurdo que no se lo cree ni todo un sabio histórico de su partido, como Alfonso Guerra.

Pero eso no es algo nuevo: lo de la manipulación de la gente, quiero decir. Ahora ha alcanzado cotas de virtuosismo, con Twitter, Instagram,  WhatsApp, Youtube y demás parafernalia electrónica, con mensajes de origen desconocido y de orientación y falsificación más que evidentes.

Ni ahora, ni antes, no obstante, la manipulación, por burda o sofisticada que llegue a ser, alcanza completamente su objetivo de tergiversar los resultados electorales. Resulta que la gente es más lista de lo que parece y sigue teniendo sus fuentes de información personal y primaria y un innato sentido de lo que le conviene o no.

Un ejemplo que viví muy próximo durante la Transición es la compra de un periódico otrora prestigioso para que un partido político obtuviese diputados por Barcelona. La costosa operación se saldó con ningún escaño logrado y la convicción de que tomarle el pelo a la gente es mucho más difícil de lo que parece.