El húngaro más famoso de la iconografía española es otro Ladislao, Kubala, pero quizás el más notable de aquellas décadas en blanco y negro fue Ladislao Vajda, uno de los más significativos directores de nuestro cine de siempre.

He debido aproximarme a él por casualidad, recientemente, para comprobar que se le recuerda menos de lo que se debiera, quizás por creerse que llegó a nuestro país por afinidades imposibles con el nazismo, cuando en realidad sus problemas fueron con la censura de Mussolini.

En sus 68 años de vida filmó 45 películas y podría haber triunfado en Estados Unidos, como su maestro Fritz Lang, pero prefirió permanecer aquí, con esporádicas escapadas a Italia, Inglaterra y Portugal, tras sus primeros y obligados tiempos en Hungría y Alemania.

Hoy, quizá por la ominosa y omnipresente cultura de la corrección política, tiende a encasillarse al director de Marcelino, pan y vino en un derechismo bobalicón, regateándole sus méritos humanísticos e intelectuales, como en otras circunstancias se hace con el escritor y periodista César González Ruano o, peor aún, con el embajador Ángel Sanz Briz, quien a pesar de representar al régimen franquista fue conocido como El Ángel de Budapest que salvó del exterminio a cinco mil judíos y mereció la Medalla de los Justos entre las Naciones.

Ya ven si podemos llegar a ser tontos o sectarios al no apreciar al cineasta que en 1958 dirigió El Cebo, la obra maestra del dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt, en una versión mejor que las dos posteriores, incluida la protagonizada por Jack Nicholson y dirigida por Sean Penn. Y es que si algo predomina hoy día entre nosotros son los prejuicios ante a la realidad histórica.