Memoria o desmemoria

Enrique Arias Vega, colaborador en Valencia News. El punto débil de TrumpEnrique Arias Vega, colaborador en Valencia News. El punto débil de Trump

Hace poco tiempo, en un almuerzo de amigos, veteranos todos ellos de muchas peripecias vitales, alguien aludió a que estaba perdiendo la memoria. Su comentario fue como dar el pistoletazo de salida a una competición sobre quién de nosotros andaba más desmemoriado.

Sin embargo, nada hay más natural, en el fondo, que esa respuesta neurológica de la edad: no acordarse de las cosas. Por fortuna, si no le llega a uno la pavorosa desolación del alzheimer o de cualquiera otra de sus crueles variantes, el asunto también tiene alguna ventaja. En mi caso, la propensión a no retener más que los episodios buenos de mi pasado.

Ya ven: quién puede quejarse de no recordar a tanto hijo de puta con el que ha debido cruzarse en la vida ni las infamias y pesares que sin duda han perturbado su existencia. Es una especie de amnesia o de amnistía de los malos momentos que uno ha vivido.

Por eso, no acabo de entender ese empeño de la llamada memoria histórica, ese afán de rememorar —y hasta de regodearse en ellos— los peores períodos y acontecimientos de nuestro pasado colectivo.

Y no me refiero a lo de inventar o exagerar maldades pretéritas —cosa que viene sucediendo en demasía— o a lo de olvidar deliberadamente aquello otro que no se ajusta a nuestros prejuicios ideológicos —que también—, sino simplemente al hecho de mantener viva la tensión, la angustia y el desasosiego de lo peor de nuestra historia.

Entenderán, entonces, que frente a tanta memoria histórica de pacotilla, ante tanto recuerdo que intenta perpetuar la perturbación y la inquietud sufridas, prefiera la desmemoria del mero olvido, del bienestar personal y colectivo y hasta, si quieren, del perdón.