El reloj del tiempo no para.

El reloj de la vida sigue corriendo, con coronavirus o sin ella.

El día a día nos examina y nos da acontecimientos para seguir a prueba.

Es evidente que tenemos que sobreponernos ante tanta dificultad e incertidumbre que estamos viviendo. La gran ventaja es que vivimos en sociedad y no estamos solos.

En un artículo anterior os hablé de una fábula animal para ilustrar nuestra situación forzada y desbordada por el bicho que nos ha invadido.

Hoy os voy a contar una historia ilustrativa…..Imaginaos la siguiente escena : El único superviviente de un naufragio llegó a la playa de una isla deshabitada y perdida en el océano.

Durante meses, esperaba como único objetivo, ser rescatado. Cada día, escudriñaba el horizonte suspirando por vislumbrar un barco que pasara por aquel lugar tan apartado de las rutas habituales, pero pasaba el tiempo y parecía que jamás llegaría nadie.

Cansado, finalmente optó por construir una cabaña de madera con la que protegerse de los rigores del invierno y resguardar también sus escasas y modestas pertenencias.

Le costó muchas semanas de trabajo agotador. Un día, a media tarde, después de hacer una ronda por la isla en busca de alimento, encontró a su vuelta la cabaña envuelta en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo.

El rescoldo, que durante tanto tiempo había procurado conservar de modo permanente, había desprendido una chispa y su casa se había incendiado.

Lo peor había ocurrido. Lo había perdido todo. Se quedó lleno de tristeza y de rabia. «¡Dios, cómo pudiste hacerme esto a mí! ¿No era suficiente con lo que tenía?», se lamentó. Quedó dormido, tendido en la playa.

A las pocas horas, le despertó el sonido de un barco que se acercaba a la isla. Habían venido a rescatarlo. «¿Como supieron que estaba aquí?», preguntó el hombre a sus salvadores. «Vimos su señal de humo y acudimos enseguida», contestaron ellos.

A veces, en nuestra vida, hemos puesto mucho empeño en conseguir algunos logros, probablemente bastante modestos si se miran desde la distancia, y un buen día nos encontramos con que los hemos perdido, o los vamos a perder, y nos parece algo realmente duro.

Esto es lo que realmente estamos viviendo en mayor o menor grado estos días. Unos sacudidos en algo tan vital como es su salud, en sus ahorros, otros en su patrimonio y otros en algo tan importante como es su empleo.

Es muy difícil dar consejos, cuando te encuentras en el lado de los privilegiados.

Es prácticamente imposible ponerse en el lugar del otro, cuando tú no eres el «salpicado», pero a todos, absolutamente a todos les digo que nunca gane el desamor.

Muchas personas hacen grandes esfuerzos por escalar una montaña, o por ganar una medalla, o por amor a la ciencia, o por vanidad, por orgullo, por dinero, por afición, por pasión.

Por amor hay quien lo deja todo para recorrer las calles de Calcuta ayudando a los pobres más miserables. Por amor hay quien abandona su casa confortable en Europa y vive, sin agua y sin luz, en un barracón de un pueblo olvidado del Tercer Mundo por extender su fe, o por ayudar con una ONG.

Por ese amor se entregan los años, la salud, el dinero, la juventud, la seguridad del futuro, el trabajo, el descanso, los gustos, todo.

Ese amor es más fuerte que los lazos de la sangre, que las raíces de la tierra o que las llamadas del corazón.

Ese amor es más fuerte que la vida y que la muerte. Pero todo eso es un camino seguro hacia la felicidad.

Hoy hay muchísimos profesionales vocacionales, que precisamente por eso, por amor a su vocación lo están dando todo y estoy seguro que ninguno de ellos se ha planteado el tirar la toalla y más, en estos momentos.

Es bueno pensar cuál es mi lectura a lo que hoy estoy viviendo y cómo voy a salir con decisión de todo esto; pero la solución no puede estar en darle vueltas y más vueltas, en pensarlo y volverlo a repensar indefinidamente, porque en algún momento hay que decidirse.

No podemos hacer como Kafka, cuando se planteaba casarse o no, que ponía en columnas separadas las ventajas y los inconvenientes, sin decidirse nunca. Eso no es pensar bien las cosas, sino complicarlas.

Porque siempre cabe considerarlo una vez más, la última vez, pero una última vez que luego siempre es la penúltima; y considerar, por una parte, las ventajas de la entrega; y por otra, las dificultades.

El resultado de este proceso analítico circular desembocaría, como sucedió al novelista checo, en la angustia de la indecisión.

Según sea cada uno más o menos susceptible de ser influido, necesitará, efectivamente, más o menos tiempo para plantearse el mañana.

Desde luego, si una persona es demasiado sensible a las influencias externas, y le hacen perder su independencia interior, es mejor que espere un poco, o mejor, que madure un poco.

Sigue la rueda de la vida; algunas veces a favor, otras en contra pero seguro que al final, todo ha valido la pena y si todo lo acompañas de una sonrisa, pues mucho mejor.

Por último, no te dejes llevar por el alarmismo, por los mensajes catastrofistas, por la desilusión. Da lo mejor de ti mismo, dáselo a los demás, vive el hoy, y piensa siempre que “El amor lo vence todo”.

Autor: José María Guijarro y Jorge. Economista.