La confianza en Europa por parte de sus miembros suspende, según el último Eurobarómetro. La paradoja es que mientras los europeos se muestran, en general descontentos con la Unión, un mayor número de personas de otros continentes intentan entrar, legal o ilegalmente, en ella.

¿Por qué esa desafección que ha llevado a la salida del Reino Unido y al auge de nacionalismos antieuropeos, desde Italia y Francia hasta dentro de las mismísimas Alemania y Finlandia?

Porque la unidad de Europa, nacida modestamente para evitar los permanentes conflictos bélicos entre Francia y Alemania —meta lograda con creces—, quiso ser la panacea para países más pequeños y más periféricos y éstos, como los niños a quienes se les promete un juguete que no cumple con sus expectativas, en seguida se enfadan.

Tenemos. Por ejemplo, el caso de España, país europeísta ya en tiempos del mismísimo Franco, quien hace más de 50 años quiso que Prados Arrarte sondease la posibilidad de ser miembro de un club que se mofó de nuestro régimen dictatorial de entonces. Pues bien: tras habernos beneficiado de las políticas económicas de las instituciones europeas, ahora, que aportamos más de lo que recibimos, sólo el 38% de españoles confía en la UE.

No es de extrañar, entonces, que la pertenencia a la UE de una Europa mediterránea, más castigada económicamente que la otra por la crisis —y por sus excesos, todo hay que decirlo— esté cada vez más pendiente de un hilo.

Se perfila, al parecer, no sólo la eclosión de nacionalismos excluyentes, sino la reducción de una UE más reducida y rocosa, con países también más beligerantes hacia quienes no compartan sus criterios. Nos hallaríamos, entonces, ante un mayúsculo fracaso colectivo