Cuando el debate político se centra en cómo debe ser el debate electoral —número de participantes, escenario, formato,… — hemos rizado ya el rizo de la ridiculez y del antagonismo.

Nos hallamos, además, ante las elecciones más broncas, sucias y antidemocráticas de los últimos cuarenta años, en las que políticos de diferentes partidos no pueden hablar en Euskadi y Cataluña —sobre todo— sin ser insultados, acosados y agredidos por tipos —y tipas, claro está— que odian a España y a los españoles.

Otro síntoma de la desvirtuación electoral es que temas de gran repercusión política en los últimos tiempos hayan sido el nombre de algunas calles o qué hacer con el cadáver de Francisco Franco. Un inteligente personaje que se mueve a ambos lados del Atlántico, Antonio Banderas, ha ironizado ante este sorprendente hecho diciendo que “en 1985 Franco llevaba más tiempo muerto que ahora”.

De alguna manera, hace un trecho que se viene prefigurando la existencia de dos bloques antagónicos irreductibles: derecha e izquierda, con el añadido a esta última de los separatismos, la mayoría de ellos de carácter paradójicamente reaccionario.

No es la misma, por supuesto, esta situación que la de los años 30, pero por desgracia a algunos les sirve de espejo en el que mirarse, con la sintomática diferencia de que el rudo separatismo de entonces tenía un seguimiento minoritario y de que la República fue de una contundencia contra él que no se parece nada a la bobalicona laxitud y complacencia de ahora.

Ya ven, tanto hablar de la Memoria Histórica y al final hay más gente que nunca dispuesta a incidir en conductas erróneas que sacaron los peores demonios de nuestro pasado y acabaron por romper nuestra convivencia de forma brutal e irremediable.