Me gustaría que la victoria sobre Franco hubiese ocurrido hace ochenta años y no ahora. Es más: me gustaría que no hubiese hecho falta porque no hubiera habido Guerra Civil.

Pero ocurrió lo que ocurrió y ya es Historia, al igual que la batalla de Las Navas de Tolosa o el Desastre de Annual. Tratar de dar la vuelta a lo ocurrido cuando ya no queda ningún sobreviviente de ambos bandos (porque, efectivamente, hubo dos bandos o facciones) me parece un auténtico dislate.

Les confieso que he logrado vivir muy a gusto sin la nefasta memoria de Franco durante casi cuarenta años y que, en cambio, desde hace cinco años no hacen otra cosa que recordármelo diariamente políticos, medios de comunicación y asociaciones de variado pelaje. Gracias, pero no lo necesito, de verdad, porque en plena dictadura milité en el comunista PSUC, a diferencia de otros que se atribuyen méritos que no tienen.

Les contaré una anécdota creo que de 1982, siendo el socialista Pasqual Maragall a la sazón alcalde de Barcelona. Abrimos entonces la portada de El Periódico diciendo que en la comisión municipal de seguridad ciudadana coincidieron el torturador y un torturado de tiempos de Franco. ¡Qué escandalazo!, pensamos. Pues sí: pero la sorpresa fue que quien se molestó fue el torturado: “¡Sacar a estas alturas viejas historias que sólo sirven para enfrentar a la gente!”, fue su dolido y conciliador comentario.

No voy a alargar el tema, como tampoco sacaré a revisión ni a vindicta el pasado ominoso de Fernando VII, lo absurdo de las guerras carlistas o el exilio de Goya. Estoy demasiado viejo para perder el tiempo mirando hacia atrás mientras aún debo recorrer un buen trecho del camino.