Hace unos meses visité el museo de municipal de Quito, que desde 1565 ha sido un hospital en uso durante más de 400 años. Ya ven lo que los españoles hicieron en Iberoamérica: magníficos hospitales y universidades de los que se beneficiaban, en igualdad de condiciones, nativos y foráneos, súbditos todos del mismo Rey.

En aquella época y en siglos posteriores, otros europeos, en cambio, masacraban a los indígenas, esclavos suyos sin acceso a la cultura, mientras que en los territorios de la corona española se fomentaba incluso el aprendizaje por los clérigos de las principales lenguas autóctonas o se facilitaba el acceso a los estudios de medicina por los naturales de la zona.

En el México del aventado y atrabiliario López Obrador, las exiguas tropas de Hernán Cortés se aliaron en su día con totonacas o tlaxcaltecas, por ejemplo, en su lucha contra el imperio mexica, a la vez que los propios españoles se pelearon entre sí.

Nada tiene que ver eso, pues, con la interesada leyenda negra que los príncipes europeos del siglo XVI pusieron en circulación para librarse de su emperador, Carlos V, flamenco también, como gran parte de ellos.

Tampoco eso les importa a los 41 senadores franceses seducidos por el procès catalán y que, perteneciendo a uno de los países más centralistas del mundo, no querrían algo ni remotamente parecido para Rosellón o Córcega.

Lo malo, por consiguiente, no es eso, sino el pábulo que dan a las campañas antiespañolas algunos de nuestros compatriotas. Mientras unos y otros torean a España, me decía una viuda sueca que lleva 55 años residiendo en nuestro país: “¿Volver a Suecia? ¡Ni hablar! ¿Dónde podría vivir mejor que aquí?”.

Claro que, me reconoció, muchos quieren destruir este Estado para acabar perjudicándose ellos mismos y a los demás.