Lo único que hay que hacer con las redes sociales es no creer lo que dicen.

Por lo demás están muy bien.

Se arguye en contra de ellas que aíslan a la gente, que por su culpa no se relaciona con sus semejantes, que impiden la relación interpersonal. Para demostrarlo, se evoca esa imagen de los medios de transporte público en la que todo el mundo está enganchado a su móvil, su tableta, su I-Pad. ¿Y qué? Esa misma gente, cuando aún no se habían inventado los susodichos artilugios, tampoco hablaba con sus compañeros de viaje. Ni leía un libro. Los vagones de tren, por ejemplo, eran más aburridos que un desfile de hormigas.

Ahora, en cambio, nos enteramos hasta de los problemas de próstata de nuestro vecino de asiento y de los líos de la cuñada de la señora de ocho filas más allá. Ahora, digo, hasta tenemos un problema de exceso de comunicación, de sobreinformación.

Gracias a la electrónica y a las redes sociales, todo el mundo se comunica con todo el mundo. Jamás nadie había hablado tanto con sus padres, sus primos y hasta los compañeros de instituto como en la actualidad. Además de la conversación telefónica tenemos los mensajes de audio, las videoconferencias, Facebook, YouTube y similares y, sobre todo, los grupos de WhatsApp, por donde discurren las informaciones más pintorescas y disparatadas.

Todo esto está muy bien, insisto. El mundo se ha convertido en un gigantesco patio de vecindad de los de antes y no hay que perder las posibilidades de intercomunicación que ofrece. Eso sí: tenemos que cuestionar todo lo que en él se dice. ¿Pero es que no hacíamos lo mismo antes con la prensa, la radio o la televisión?