Este Gobierno nos ofrece cualquier cosa menos aburrimiento.

En los tiempos que corren, con vuelta a la crisis económica, epidemias globales, una Europa empequeñecida y la crisis migratoria que no cesa, tener algo con lo que entretenernos no es poca cosa.

No hablemos ya de las contradicciones de Pedro Sánchez de antes y después de ser Presidente. Eso está al alcance de cualquiera: desde no ser el autor de la tesis doctoral que lleva su firma, hasta prometer en campaña electoral —traer preso a Puigdemont, no pactar jamás con Pablo Iglesias,…— lo contrario de lo que hace ahora en el Gobierno.

Eso, digo, lo han venido practicando políticos de todas las ideologías, con una contumacia que les priva de cualquier originalidad.

Pero Sánchez bate todos los récords: desde desmentirse a sí mismo a la vez que está hablando, hasta conseguir que sus ministros parezcan menos listos de lo que son. Ahí tenemos, si no, a José Luis Ábalos dando ocho versiones distintas de su encuentro con la número dos de Venezuela, para tratar de convencernos así de que la policía española no puede detenerla en Madrid, mientras que en cambio es factible secuestrar a gente en Bolivia.

Paradojas de la vida que no tiene por qué explicarnos a los simples mortales.

Lo mismo sucede con la crítica a la presunta ley-mordaza del PP mientras se prepara ahora una legislación anti-libelo; con el distanciamiento de la contundencia policial en Cataluña mientras se aplica hoy a los agricultores extremeños,…

Veremos en los días que vienen la surrealista aplicación de los datos del salario mínimo, el PIB, los impuestos, la legislación penal, la inmigración, las encuestas políticas…

Vamos, un show, un auténtico show.