Iniciamos nuestro particular segundo decenio del siglo XXI bajo el epígrafe de los nuevos “felices años 20”.

La nueva religión oficial ha llegado como un bálsamo que curará todas nuestras preocupaciones.

Los profetas del Apocalipsis se ahogarán en la pócima mágica elaborada por los laboratorios sociales. La mediocracia sigue aplastando al individuo, tanto en su plano privado con una laicidad dominante, como en el público, restándole capacidad crítica.

La secularización de nuestras vidas, teledirigidas y orientadas hacia las “verdades” oficiales hábilmente manejadas desde los centros de poder (solo hay que escuchar el mensaje de Pablo Iglesias), nos lleva a la sumisión del individuo a un nuevo dogmatismo.

El nuevo servilismo ideológico le gana la batalla al espíritu kantiano, por inacción. La nueva religión cívica, neomarxista y bolivariana es el nuevo opio del pueblo.

Pan y circo para un Estado sobreprotector que necesita una sociedad adocenada y servil. Tantos años prestigiando a Pericles para llegar a esto.

Una ideología fracasada, sin ningún referente explícito que nos aclare el por qué ofreciendo la salvación del mundo, garantizando la igualdad y la prosperidad para alcanzar la dictadura del proletariado como nivel máximo del desarrollo humano, no sea la referente de las políticas de la inmensa mayoría de los Estados de este planeta llamado tierra.

Un fracaso escondido entre los cascotes de aquel Muro que ahogó el grito de libertad de millones de seres. Un fracaso que hoy sigue cercenando esa libertad, de manera especial y cruenta, en las tierras hermanas de Hispanoamérica.

Ninguno de los modelos ofrecidos por los nuevos señores de la política, ofrece garantías de progreso, igualdad y libertad.

Todo un trampantojo político, bien difuminado y vendido por los eficaces altavoces mediáticos. Y una sociedad dispuesta a someterse.

De ahí la importancia de ese nuevo “despertar de conciencias”. Ese espíritu unamuniano que despertó las conciencias de toda una generación emplazada a seguir desarrollando esa Modernidad inacabada de finales del XIX.

Mérito y capacidad de biografías ilustres de nuestra historia que contribuyeron a romper esa peligrosa espiral de mediocridad que la izquierda populista siempre ha buscado inocular en nuestro ADN, con consecuencias terribles. Antes y ahora.

España necesitará despertar conciencias para seguir escalando peldaños de esa Modernidad, tras el exitoso período de la Transición.

Una Transición a la Modernidad que sigue bebiendo de las fuentes del XIX e inicios del XX y que sentaron las bases para volver a asombrar al mundo en el 78.

El verdadero y único camino hacia esa sociedad cosmopolita que nos libere de una vez por todas de esa mochila guerracivilista que lastra nuestras expectativas en el nuevo siglo.

El nuevo gobierno se nos presenta como ariete de esa nueva religión sin advertir que su retórica destila demasiado rencor, rompiendo costuras ya cerradas, levantando nuevos muros y destruyendo puentes.

Toda una enmienda al espíritu inclusivo y propositivo del Regeneracionismo, de la Generación del 14 y del propio espíritu de la Transición. Una ruptura que abre demasiadas incertidumbres, plantea serias a amenazas y nos debilita ante el nuevo globalismo totalitario que cabalga a lomos del nacional-populismo.

Como bien decía Unamuno cuestionando la accidentalidad de las formas de gobierno, “si al final muere la república, España puede partir otra nueva y si se muere España, no hay república posible”.

No podemos permitirnos caer en la vacuidad de la nueva religión civil, porque en ella el individuo vuelve  a ser relegado por la masa, por un nuevo “Fulanismo” que corroe nuestro sistema desde dentro, impidiendo el despertar de esa conciencia política dormida de los ciudadanos.

Despertemos pues las conciencias para que en la labor política, las personas estén en primer lugar. Reaccionemos ante la tiranía de las Ideas y de aquellos que defienden que éstas gobiernan el mundo. Porque el mundo está gobernado por hombres.

Juan Vicente Pérez Aras. Politólogo. Ex diputado Nacional PP