Consum, diez años después de un buen divorcio

rafa quilis

De forma serena y madura, hace ahora una década, ella anunciaba su divorcio tras 24 años de armoniosa relación. Aquella ruptura fue unilateral. Él estaba cómodo y quería continuar pero ella estaba decidida a labrarse su propio futuro. El convenio regulador fue firmado tras la separación, más tarde, de forma civilizada. Estaban casados en separación de bienes y aquello allanó el camino. Con todo, se disputaron algunas pertenencias, pocas y en sólo un par de años pasaron a convivir en los mismos círculos sociales. Pocos entendieron aquella decisión, él lo debía ser todo para ella y muchos la cuestionaron.

Pero lo cierto es que –de puertas para adentro- la relación parecía ser insostenible: él la eclipsaba, de fuerte personalidad pero poco centrado, ejercía un liderazgo avasallador, omnipresente, lucía orgullo de casta. Él, procedente de la mejor familia vasca, de una saga emprendedora e industrial, con negocios diversificados y fortuna; su trayectoria parecía imparable, un grande, inquieto, alguien que sólo podía ensombrecer a su pareja. Ella, pausada, limitada y secundona incluso en su propia casa, donde su hermana pequeña había crecido hasta acaparar casi todas las atenciones. Casi sin estudios, mantenía un patrimonio humilde forjado a base del trabajo solidario de una familia valenciana unida, conservadora y muy enraizada a su tierra.

Consum

Hoy, diez años después, las tornas han cambiado. Ella ha ganado en seguridad, se ha forjado su propia personalidad, diferente a la de su brillante hermana con la que sigue gustando de compartir mesa y mantel en la residencia familiar, aunque cada cual en su sitio. Le llueven los reconocimientos y ya nadie cuestiona su estatus. En los negocios, se ha abierto paso y ha asentado sus posiciones. Hoy, como al poco del divorcio, ella coincide con él pero ya no se siente inferior. No hay rencor en sus encuentros, ni siquiera quiere olvidar aquella etapa. Él sufre las penurias de quien no supo valorar lo que tenía. Buscó nuevas relaciones, tuvo aventuras pero salió mal parado. Hoy ése carácter orgulloso ya no luce como antaño y anda relamiéndose las heridas mientras busca una salida, lamentándose por las malas experiencias del pasado, por las propias y por las sufridas por sus familiares directos, los más allegados, hundido en la miseria, con su patrimonio en manos de los bancos, sin futuro cierto, sin rumbo claro y con la reputación de una saga histórica por los suelos.

Así se podría haber redactado la crónica rosa del sorprendente divorcio que Consum anunció en nota de prensa el 4 de febrero de 2004. Ella, la cooperativa valenciana, facturaba entonces 765 millones de euros, mantenía sólo una cuota relevante en la Comunitat pero estaba presente también en Cataluña, Murcia y Castilla-La Mancha, daba trabajo a 5.447 personas-socios y obtenía unos beneficios de 15, 1 millones. Consum hoy es la séptima enseña de la gran distribución alimentaria nacional y se ha expandido también por Andalucía y Aragón. Según los últimos resultados conocidos (de 2012), en ésa década, ha logrado más que duplicar tanto su volumen de negocio (1.764 millones) como sus beneficios (32,1 millones) y plantilla (10.440 empleados).

En su casa, en la Comunitat, sigue siendo la ‘hermana’ menos agraciada (resulta casi imposible rivalizar con la ‘top’ Mercadona) pero ya nadie se acuerda de quién fue su marido. Él, Eroski, con una deuda de casi 3.000 millones de euros se esfuerza por subsistir en lo financiero, por tratar de enjugar su fallida apuesta por la catalana Caprabo, que compró para tratar de meter cabeza en el negocio de los supermercados de proximidad –que precisamente lideran Mercadona y Consum-, por defenderse del ‘pufo’ que cometió con las ‘aportaciones subordinadas’ que emitió para mantener la astronómica deuda de la Corporación Mondragón, que está liquidando por cierto su otra enseña, Fagor.

Rafa Quilis