Hace sólo medio siglo, las novelas policíacas eran un género literario menor, avalado, eso sí, por el éxito de masas de Agatha Christie. La novela de crímenes, el thriller, quedaba relegada a los americanos —Dashiell Hammett y Raymond Chandler, sobre todos— y empezaba a cultivarse en los países nórdicos, con Maj Sjöval y Henning Mankell, entre otros.

Hoy día, en cambio, todo es novela policíaca, de acción o de suspense. Se acabaron los géneros tradicionales de novela social, psicológica o simplemente descriptiva. Hasta el cubano Leonardo Padura recibe el Premio Princesa de Asturias por las andanzas de su personaje policial en una dictadura comunista, ni más ni menos.

Ya todo el mundo entra en el misterio y en la intriga criminal; hasta académicos archiconocidos, como Pérez Reverte, que crea su personaje Falcó, o el eximio Juan Manuel de Prada, quien en su última novela, Lucía en la noche, mantiene el suspense hasta el final.

Da lo mismo que la acción narrativa se sitúe en un futuro distópico que en un pasado remoto: lo importante es crear o mostrar la incertidumbre del desenlace. Da igual, también, que se trate de hechos históricos conocidos y de final inevitable: se trata de llegar a él a golpe de emociones, a ser posible imprevisibles.

¿A qué se debe, pues, que hoy todo sea novela más o menos criminal? ¿A una necesidad de mercado? ¿Y por qué se ha creado esa necesidad que arrasa en los cinco continentes hasta con primerizos como Jöel Dicker?

Creo que alguien debería hacerlo mirar y descubrir si es que estamos en una aburrida sociedad necesitada de emociones o, por el contrario, es la angustia de nuestra propia incertidumbre la que queremos proyectar en las peripecias literarias de los demás.