El término friki se utilizaba coloquialmente para referirse a una persona cuyas aficiones, comportamientos o vestuario eran inusuales.

La definición va en pasado porque en la actualidad esa misma palabra se ha democratizado hasta el punto de que cualquier persona puede decirse friki.

Basta con apasionarse por algo. Cualquier cosa. El friki ya no es ninguna rareza antropológica y, en ese sentido, dado que vamos a toparnos con él en todo tipo de circunstancias, merece la pena preguntar cuál será su rol dentro de las cuatro paredes de la oficina.

La respuesta corta es: su rol se asemeja al tuyo.

La larga: cada ser humano tiene sus propias particularidades, cada persona tiene su punto friki, pero las estructuras organizacionales están creadas para homogeneizar a las personas que se integran en ellas y no tanto para sobredimensionar las diferencias entre las partes, porque ese recorrer las diferencias de cada cual genera conflictos de intereses y origina sufrimiento difícilmente reversibles.

En las empresas hay puestos y funciones; éstas agrupan una serie de tareas previamente definidas por las que el empleado cobra un dinero como contraprestación.

Si el trabajador es diferente, y vive dios que lo es, si el trabajador quiere actuar conforme a su diferencia, entonces se crea un conflicto entre el empleador y el empleado que irá en perjuicio de todo el equipo y de la propia empresa.

La conclusión es que en este momento la rigidez de las estructuras organizacionales favorece cierta vulgarización.

Otro punto interesante de analizar es el contexto en el que asoma la autoetiqueta “friki” dentro del flujo productivo de la empresa.

Si se utiliza de manera anecdótica no hay objeción posible, pero también puede ocurrir que la persona se autodenomine “friki” para excluirse del grupo, haciendo gala de un orgullo torcido, seleccionando qué y quién y excluyendo de su rutina todo lo demás.

Estas personas pueden sufrir en su día a día como empleados de una empresa, y en ese caso solo queda favorecer su integración y animarle a que encuentre paz en la tarea encomendada.

En contraposición a eso luego está la parte individual de frikismo que cada uno llevamos en nuestro interior, porque hay una parte del ser humano que grita diciendo ‘aquí estoy yo, este soy yo’. Esa parte ha de ser escuchada por la empresa.

Sin llegar al extremo de explotar las diferencias para enfrentarlas en el eje empleado-jefe o entre los propios empleados, lo cierto es que siempre son más interesantes las empresas y los líderes flexibles, aquellos que dentro de la homogeneidad necesaria de las tareas dejan espacio para el desarrollo de cada empleado.

¿Y qué pasa la proporción friki es mucho más grande que la de empleado comprometido? ¿Cómo se concilia un trabajo regular cuando el friki grita todo el rato y en todas las direcciones? ¿Acaso convendría integrar esa pasión en el propio trabajo para que se vuelva de verdad estimulante?

En este punto hay que decir que cuando un hobby nos da de comer deja de ser un hobby, lo cual no puede ser mejor noticia.

Las aficiones se pueden transformar en profesiones, en proyectos de vida, en nuevas empresas; hay que ejercer la valentía y salir del armario: saca el friki que llevas dentro y descubre qué eres capaz de hacer.

Todo lo que hay que tener en cuenta en esta relación extraña entre frikismo y empleo es que siempre somos más felices cuanto más tiempo dedicamos a nuestra pasión, de modo que si queremos disfrutar de lo que hacemos tenemos dos opciones evidentes: o bien convertimos nuestra afición en un trabajo y explotamos ese lado friki hasta ganarnos la vida con él, o bien nos apasionamos tanto con lo que hacemos que terminamos convirtiendo en nuestra nueva causa friki.

Por Carmen Sánchez, experta en Inteligencia Emocional