En la antigua Grecia varios vocablos designaban “pueblo”. La palabra laós denominaba a un grupo -habitualmente étnico o tribal, pero en cualquier caso de carácter nómada, con o sin territorio propio- que sigue a un adalid carismático y es conducido por él. De ahí proviene el vocablo laico, laicidad, laicismo, etc. Y jefe se traduce en español como “caudillo”; en francés, “chef”; en alemán, “fürher”; en italiano, “conditóre”; en inglés “leader”; etc.
Otro término era dêmos, con el sentido de pueblo asentado en un territorio o ciudad como comunidad política; y de la que procede demografía, demoscopia, demagogia o democracia.
Para los griegos, la democracia suponía la participación política del pueblo en el gobierno, aunque entonces solo lo fueran los “ciudadanos con derechos políticos” frente a los otros, los desposeídos (esclavos, mujeres, etc.). Este concepto fue recogido por Roma. La democracia ateniense consistía en la participación del dêmos en el ejercicio del poder, mientras que la tradición republicana romana desarrolló una estructura política más compleja: Populus Romanus, las magistraturas y el Senado (SPQR: Senatus PopulusQue Romanus) desempeñaban funciones diferenciadas y se controlaban y condicionaban mutuamente, aunque todavía de modo precario.
En unas semanas tendremos en España unas nuevas elecciones legislativas.
Y he querido recordar esos conceptos griegos que nos ayudan a comprender mejor, y a tener en cuenta, la importancia de la participación democrática: por mucho que consideremos que inhibirse sea una actitud ‘consciente’ y moralmente aceptable, y por tanto legítima, supone, por otra parte, y en mi opinión, reforzar y dar conformidad a quiénes votan y lo votado. Y quizá sea una opción poco inteligente, si es que queremos mejorar la vida pública: porque todo lo humano es mejorable, y desde luego nuestra democracia lo es y mucho, a la vista de los acontecimientos.
Tenemos una gran tarea pendiente en nuestro país y debemos tenerla clara
Cómo conseguir que el pueblo sea realmente el titular del poder; y que no quede sustituido por quienes dicen representarlo, lo que en la actualidad parece suceder con facilidad, debido a la partitocracia (el poder de los partidos) y a la inhibición de los ciudadanos: porque una vez elegidos, los políticos se arrogan ser el pueblo. Y no es así: son nada más, y nada menos, que los “representantes” de quienes los eligen: los ciudadanos; y no de quienes los ponen (los oligarcas del partido). Deberíamos tenerlo presente y mejorar la actual ley electoral para que la ciudadanía pueda evaluar a sus representantes; y no ir a mogollón: imposible de responder y de responsabilidad porque se apiñan en un conjunto abigarrado, corporativo y anónimo, con el despecho del “nosotros, los políticos, somos el pueblo, la ley y el Estado”. ¿En qué momento se jodió el Perú?.









