«La máscara no siempre nace para engañar. A veces es el rostro provisional con el que conseguimos sobrevivir.»
Para Sergio M. M., gran amigo y maestro.
Hace unos días escribí sobre los ingenieros del emperador.
Unos construyeron el lago artificial de Nerón. Otros lo desecaron y prepararon su lecho para levantar el Coliseo de Vespasiano. Cambiaron el emperador, el proyecto y el relato. Permaneció la ingeniería.
Hoy quisiera hablar de otra ingeniería: la que trabaja dentro de nosotros.
También ella levanta estructuras. Sus materiales no son la piedra, el ladrillo ni el hormigón romano, sino los gestos, los silencios, los hábitos y las respuestas aprendidas. Y, en ocasiones, resultan más resistentes que el propio hormigón.
Con ellos se va construyendo la forma en que nos presentamos ante los demás y, muchas veces, ante nosotros mismos.
Podemos llamarla máscara.
La palabra tiene mala prensa. Sugiere engaño, falsedad, ocultación. Sin embargo, antes de convertirse en una forma de ocultarnos, muchas máscaras fueron una manera de protegernos.
Aprendemos a ser fuertes porque alguien necesita que no nos derrumbemos, a comprenderlo todo porque parece más seguro que confrontar y a estar siempre disponibles porque nuestra utilidad parece garantizarnos un lugar.
Y funciona.
Precisamente por eso la máscara permanece.
Durante mucho tiempo, la mía se pareció a una mezcla de comprensión y resistencia: buscar las razones del otro, ordenar incluso aquello que me dolía, esperar un poco más y confiar en que lo pendiente terminaría sucediendo.
Comprender puede ser una forma elevada de acercarse a otra persona. También puede convertirse en una manera muy sofisticada de discutir con lo que uno ya sabe.
Además, la máscara recibe recompensas: al fuerte le confían más peso, al comprensivo le ofrecen nuevas explicaciones y al paciente le piden más tiempo. Cuando intentamos quitárnosla, quienes se beneficiaban de nuestra resistencia pueden llamar debilidad al cansancio o egoísmo a los límites.
No siempre añoran a la persona que éramos. A veces añoran la función que cumplíamos.
No basta con descubrir las gomas que sujetan la máscara. Tampoco con decidir que ya no queremos llevarla. Bajo ella no aguarda intacto el rostro que teníamos antes de aprender a protegernos.
Su uso y el tiempo han dejado marcas.
También el lago artificial de Nerón debió de dejarlas cuando fue desecado. El terreno que apareció no era el mismo que había quedado oculto bajo el agua. Conservaba sedimentos, humedad y una resistencia desigual que solo pudo conocerse cuando el agua desapareció.

Retirar la máscara tampoco nos devuelve un solar vacío ni el rostro anterior a su construcción. Aparecen las huellas de las gomas, los hábitos que ya parecen carácter, las renuncias convertidas en virtudes y los silencios que confundimos con serenidad.
Junto a los daños y los escombros aparecen cualidades que aún nos pertenecen.
Sería injusto quitarnos la máscara con desprecio. Nos ayudó. Quizá sostuvo una relación, una familia, una posición o una etapa completa de nuestra vida. Muchos de los materiales con los que fue construida siguen siendo nuestros.
La comprensión no tiene por qué desaparecer porque durante un tiempo la utilizáramos para justificar lo que nos hería. La resistencia puede dejar de ser aguante ilimitado sin perder su capacidad para ayudarnos a cruzar territorios difíciles. La fortaleza no exige que nos prohibamos el cansancio. La disponibilidad puede seguir siendo generosidad sin funcionar como peaje para merecer un lugar.
No necesitamos demoler esas cualidades. Necesitamos rescatarlas de la función que habían acabado cumpliendo.
Sería tranquilizador encontrar bajo todo ello una roca limpia, firme, intacta; algo capaz de decirnos con certeza dónde termina el terreno removido y dónde empiezan nuestros verdaderos cimientos.
No siempre ocurre así.
A veces encontramos un suelo empapado durante años, mezclado con sedimentos y atravesado por antiguas conducciones. Un terreno que no admite nostalgia ni improvisación: exige ser reconocido tal como está.
Los romanos sabían que la solidez no dependía únicamente de grandes bloques de piedra. Aprendieron a mezclar cal, agua y puzolana, una ceniza de origen volcánico, para obtener un mortero capaz de resistir durante siglos. La ceniza no se ocultaba bajo la obra. Formaba parte de su solidez.
Algo parecido puede suceder con nosotros.
No todo lo que sostenga la nueva obra será roca. También habrá restos de incendios, pérdidas, errores y derrumbamientos que nunca habríamos elegido como materiales. No se trata de agradecer el fuego ni de atribuir al daño una nobleza que no posee. La ceniza, por sí sola, no sostiene ningún arco.
Esa ceniza ya está en el terreno y quizá pueda dejar de ser únicamente el residuo de lo perdido para participar en algo que todavía no existe.
Cada uno tendrá que reconocer su propia roca y descubrir qué cenizas pueden mezclarse en la obra. Nadie puede hacerlo desde fuera. Si entregáramos una fórmula, volveríamos a construir otra máscara: una versión supuestamente correcta de la persona que deberíamos llegar a ser.
Ese es el momento en que nuestros ingenieros interiores cambian de tarea. Ya no deben reforzar la máscara ni devolvernos el paisaje anterior al lago. Deben examinar el terreno: distinguir la cimentación de los escombros, reconocer qué conviene conservar y descubrir qué puede sostener una construcción nueva.

No parten de cero. Trabajan con marcas, desniveles y materiales usados. Tendrán que aceptar que algunas cargas ya no pueden apoyarse donde siempre, que ciertas grietas merecen ser reparadas y que otras quizá no necesiten ocultarse, porque también cuentan lo que la estructura ha soportado.
La nueva construcción no será más verdadera por parecer perfecta. Lo será si puede sostener lo que somos sin obligarnos a ocultar una parte para que el conjunto permanezca en pie.
La primera base firme puede ser muy sencilla: ya no necesitamos engañar a nadie y, menos aún, seguir engañándonos a nosotros mismos.
Un gobernante puede retirar la máscara de quien le precedió para imponer la suya. Puede desmontar un lago ornamental, levantar otro símbolo y cambiar el relato sin abandonar el palco. Nosotros no podemos permitirnos ese lujo. No tenemos más tiempo que perder sustituyendo unas máscaras por otras ni ocultándonos detrás de nuevos ornamentos.
Nuestro poder es distinto. No consiste en administrar la mirada ajena, sino en recuperar el terreno propio.
Aquel rostro ya no está intacto. Tampoco lo está el suelo sobre el que ahora debemos construir. Ambos llevan las marcas de lo vivido. Y en ese suelo permanecen materiales cuya solidez tal vez desconocíamos porque llevaban demasiado tiempo al servicio de nuestra defensa.
No hace falta regresar a quien fuimos ni levantar una versión más presentable de nosotros mismos. Tampoco necesitamos que todos construyamos el mismo Anfiteatro Flavio. Cada terreno pedirá su obra y cada vida deberá decidir qué merece levantar sobre él.
Lo decisivo será poder habitar esa obra sin representar un papel dentro de ella. Mostrarla no para convertirla en espectáculo, sino como contrapunto a tantos años de ocultación, con el sólido orgullo de quien conoce sus cimientos, también allí donde la roca tuvo que mezclarse con puzolana.
No podemos elegir todos los materiales que dejó nuestra historia. Sí podemos decidir cuáles seguirán ocultándonos y cuáles empezarán a sostenernos.
El lago ha desaparecido. Las gomas han dejado sus marcas.
Pero el terreno sigue siendo nuestro.










