«No conviertas en prioritaria a la persona para la que solo eres una opción».
Hace años que esta frase me acompaña. Últimamente, quizá por mi propia experiencia, me acompaña de otra manera.
Tiene la contundencia de esas ideas que parecen explicarlo todo en una línea. También tiene su peligro: puede repartir demasiado pronto los papeles entre quien entrega y quien utiliza, entre la víctima generosa y el culpable egoísta. La vida suele ser bastante menos ordenada.
Al principio, todos somos una opción. Dos personas se acercan, se observan y comprueban si aquello puede convertirse en algo compartido. La incertidumbre pertenece entonces al encuentro. El problema aparece cuando pasan los años y seguimos viviendo la relación en términos de posibilidad.
El tiempo no garantiza que un vínculo vaya a durar, pero debería permitirnos saber qué somos, con qué presencia contamos y si existe alguna dirección compartida. Una relación puede acumular recuerdos, intimidad y momentos extraordinarios sin adquirir nunca una estructura capaz de sostenerlos. Puede construir una larga historia y continuar siendo una promesa.
Ahí entra la paciencia.
Siempre la he considerado una virtud. Nos impide destruir por urgencia aquello que necesita tiempo: una recuperación, una crisis, la confianza, el aprendizaje de dos personas que todavía buscan cómo encontrarse. Pero la paciencia también tiene un límite. Hay esperas que acompañan un proceso y esperas que sustituyen una decisión.
No existe un plazo universal. El límite aparece cuando conceder tiempo a alguien empieza a exigirnos negar lo que ese mismo tiempo viene mostrando. Cuando aplazamos decisiones, silenciamos necesidades o dejamos nuestra vida en suspenso para no poner en peligro la posibilidad.
Y nada de esto necesita un culpable.
Alguien puede querernos sinceramente y no desear la relación que nosotros deseamos. Puede tener sus miedos, sus límites y otra manera de estar. Nosotros podemos comprenderlo y, al mismo tiempo, seguir esperando que algún día su forma de querernos se convierta en la relación que imaginamos.
No siempre somos dos personas queriéndose de manera diferente. Algunas veces somos dos personas viviendo relaciones diferentes dentro de los mismos encuentros.
Cuando no existe una continuidad compartida, cada reencuentro tiene que volver a encender la relación. Y lo que falta en continuidad puede parecernos compensado por la intensidad.
Por eso, cada aparición adquiere un peso enorme. Una conversación, una noche, un mensaje inesperado pueden devolvernos durante unas horas todo aquello que llevábamos semanas echando de menos.
La intensidad tiene un opuesto: la superficialidad. La calma también tiene el suyo: la agitación. No pertenecen al mismo eje. Una relación puede ser intensa y serena; también puede ser superficial y profundamente agitada.
Cuando confundimos ambos ejes, podemos tomar el descontrol emocional por profundidad.
Y la intermitencia favorece esa confusión. Después de una larga ausencia, cualquier cercanía se amplifica. El reencuentro puede convertirse en extraordinario no solo por lo que ofrece, sino por todo lo que veníamos necesitando.
Entonces atribuimos la intensidad a la profundidad del vínculo, cuando una parte de ella puede proceder de la privación anterior.
Los fuegos artificiales iluminan muchísimo, pero no construyen una casa. Y una relación puede estar llena de ellos mientras seguimos sin saber dónde vivir.
Mientras escribo esto, recuerdo otra luz: el estroboscopio de las discotecas de los ochenta. No iluminaba de manera continua: lanzaba destellos. Durante un instante veíamos un cuerpo en una posición; después, oscuridad; después, otra imagen unos centímetros más allá. Todo parecía avanzar a golpes, ralentizarse o moverse de una forma imposible.

Hay relaciones que terminamos mirando así. Un encuentro, un regreso, una promesa: destellos. Entre ellos quedan largos espacios de oscuridad. Unimos los instantes iluminados y percibimos movimiento. Pero quizá no vemos hacia dónde avanza la relación; quizá solo reconstruimos su trayectoria con los fragmentos que necesitamos conservar.
Pero los destellos no se convierten solos en una historia. Nosotros completamos la oscuridad entre ellos.
La esperanza mantiene abierto el futuro. La paciencia legitima la espera. La costumbre hace soportable el presente. Juntas pueden cuidar una relación difícil; también pueden convertir una situación provisional en una forma de vida.
Comprender esto no produce inmediatamente una decisión. Marcharse no supone perder solo a una persona. También se pierde la posibilidad de que los años encuentren por fin su explicación, el futuro que imaginamos y la esperanza de que nuestra permanencia termine teniendo sentido.
Por eso quizá no necesitamos averiguar definitivamente si fuimos una prioridad, una opción o alguien querido de una manera limitada. Tampoco necesitamos condenar a quien no pudo ofrecernos otra cosa.
Puede bastar una pregunta: si durante los próximos años todo continuara exactamente como está, ¿elegiría vivir esta relación tal como es?
Tardé mucho en comprender que ofrecí mi vida presente como anticipo de una vida futura que nunca terminó de comenzar.
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Jose Navarro






