José Navarro: Cuando el deseo habla en nombre de otro.
Dos palabras en una pantalla: «Luego hablamos». La frase apenas contiene información. No dice cuándo, ni para qué, ni siquiera con qué ánimo ha sido escrita. Sin embargo, quien la recibe puede encontrar dentro de ella una promesa, una amenaza, una esperanza o el principio de una despedida. El mensaje continúa teniendo dos palabras. Todo lo demás lo hemos añadido nosotros.
No hay nada extraño en ello. Amar también consiste en imaginar. Nadie comienza una historia con toda la información disponible ni se enamora después de completar una auditoría de riesgos. El deseo anticipa, la ilusión completa silencios y la esperanza ensaya futuros que todavía no existen. Sin esa capacidad creadora probablemente tendríamos relaciones razonables, contratos afectivos impecables y muy pocas historias de amor.
El problema no es dibujar un futuro. Es olvidar que necesitamos a otra persona para construirlo. A veces dejamos de imaginar junto al otro y empezamos a imaginar en su nombre. Una mirada confirma lo que deseamos; una demora alimenta nuestros temores; un gesto ambiguo se convierte en prueba. Poco a poco, la historia que construimos adquiere más consistencia que la relación que realmente existe.
Dorothy Tennov llamó limerencia a un estado involuntario marcado por pensamientos persistentes, idealización y una necesidad intensa de sentirse correspondido. La atención del otro puede producir euforia; su silencio, una caída difícil de explicar desde fuera. Pero la limerencia no es un diagnóstico ni comienza necesariamente donde termina el amor. Puede aparecer en sus primeros pasos, convivir con un afecto verdadero o ir perdiendo fuerza conforme la relación adquiere realidad. La frontera es mucho menos limpia de lo que algunas explicaciones prometen.
Por eso no sirve preguntar únicamente cuánto sentimos. La pasión no demuestra que exista amor, pero tampoco lo desmiente. La serenidad no garantiza madurez y pensar constantemente en alguien no convierte cualquier enamoramiento en una alteración psicológica. La pregunta más útil es otra: ¿cuánto de lo que amamos pertenece a la persona que conocemos y cuánto a la historia que estamos construyendo alrededor de ella?
Quizá podamos empezar separando lo que ha sucedido, lo que interpretamos y lo que deseamos o tememos. Alguien tarda en responder: eso es un hecho. Pensamos que está perdiendo interés: eso es una interpretación. Tememos que nos abandone: ahí aparece nuestra circunstancia. Ninguna de esas capas es ilegítima. El problema comienza cuando las mezclamos y presentamos nuestros deseos o temores como si fueran palabras pronunciadas por el otro. El mapa deja entonces de ayudarnos a recorrer el territorio y empieza a protegerse de él.
También hemos aprendido a desconfiar de casi cualquier frase que comience con «te necesito». Como si amar bien consistiera en permanecer emocionalmente intactos antes, durante y después del encuentro. Pero una relación significativa modifica nuestra vida. La presencia del otro importa, su cercanía puede sostenernos y su pérdida puede dolernos. Entre «sin ti no soy nada» y «no necesito a nadie» existe una vasta región humana: te necesito sin dejar de ser yo. La cuestión no es si nos volvemos vulnerables, sino qué hacemos con esa vulnerabilidad y qué hace el otro con ella.
Con los años he dejado de confundir la fortaleza con la invulnerabilidad. No me siento fuerte porque nadie pueda herirme, ni pacífico porque carezca de medios para responder. Sé defenderme. Sé también que, como cualquiera, podría devolver el daño. Mi vulnerabilidad nace precisamente de no vivir parapetado detrás de esa capacidad. Abro la puerta porque quiero, no porque ignore cómo cerrarla. Y cuando amo, elijo no utilizar contra el otro aquello que su cercanía me ha permitido conocer.
Porque la intimidad también concede poder. Amar es descubrir los lugares donde el otro podría romperse y decidir no utilizar nunca ese conocimiento como un arma. No significa tolerarlo todo, renunciar a los límites o permanecer donde nuestra dignidad exige marcharnos. La vulnerabilidad elegida conserva la puerta, la cerradura y la llave. Precisamente por eso tiene valor abrirla.
La limerencia no se reconoce porque alguien nos importe demasiado, sino porque la necesidad de ser correspondidos empieza a impedirnos ver qué relación existe realmente. Tal vez la pregunta definitiva sea sencilla: si retiráramos de nuestra historia todo aquello que todavía no ha sucedido, ¿qué quedaría entre nosotros?
El amor también dibuja mapas. Su verdad comienza cuando concede al otro el derecho a corregirlos.
Jose Navarro










