Juan Carlos Martínez Jiménez: Artesanía, huertos y flores
Cercanos a las fallas y acudiendo a varios eventos, me he sorprendido observando los tejidos de los trajes de valenciana, pero con una nueva perspectiva, más minuciosa, quizás un poco sensible para un artículo de moda, pero es lo que tiene cuando te tocan lo tuyo, tu arraigo.
A la innumerable variedad de tejidos y bordados, he añadido una visión más introspectiva, fijándome en matices, y en la riqueza de esas texturas; es evidente la evolución y la trayectoria de estos tejidos, pero me empezó a motivar conocer más de su origen y porqué el motivo central son las flores. Seguramente para muchas personas será algo obvio, pero al indagar el interés se fue acrecentando.
Sin duda la influencia oriental de ricos tejidos están en el origen, desde los tapices, donde los bouquets, o ramos de flores fueron inspiración para los bordados, y también por supuesto, con el auge de Al-Andalus con su cultura refinada, y la explosión de jardines, fuentes, paisajes, inspirados en la riqueza de la luz de las riberas mediterráneas.
Poetas andalusíes crearon un género específico de poemas basados precisamente en toda esta temática, creando un género específico llamado “rawdiyyat” (poesía de jardines) .
En esta búsqueda, comienzas a encontrar poemas detallando los huertos familiares y jardines valencianos desde el siglo X, destacando la belleza de la tierra y muy detallados. Comienzo a desgranar la riqueza de los tejidos de una tradición dilatada en el tiempo, y también unida a la mujer como máxima expresión en ese desarrollo artístico.
La mujer como exponente es el lienzo, la belleza, y la fecundidad, la casa, el recinto cultural; el traje es un jardín, y la mujer es la máxima expresión catalizadora de esa belleza, utilizando los bordados florales como expresión cotidiana de esos huertos y jardines, para sublimarla. Todo esto ligado a la tradición de ensalzar la primavera por infinidad de culturas, entre ellas las mediterráneas, desde la tradición egipcia “Sham el Nessim”, que marcaba el inicio de la cosecha, o el mito griego de Perséfone, con el triunfo de la primavera sobre el invierno, que enlaza con los ritos ancestrales paganos de origen europeo, utilizando el fuego para despedir el invierno.
Como no podía ser de otra manera, la industrialización comienza su camino, y Valencia se convierte en la zona más importante de la industria de la seda a finales del siglo XVII y especialmente en el siglo XVIII, aunque en el siglo XV ya inicia su auge con la construcción de la Lonja de la Seda (1.483); el barrio de velluters, se convierte en el eje de ese comercio, con sus artesanos y miles de telares, situando a la ciudad como epicentro europeo de esta industria.
Así llegamos a esos motivos florales, el “espolín” como máxima expresión de artesanía de la seda, tejidos a mano en telares tradicionales y convirtiéndose en joyas dignas de admiración como obras de arte.
Las flores también sufrieron su evolución, de más grandes, en simetría, a la aparición de flores más pequeñas y en composiciones asimétricas. Tejidos donde se utilizan elementos como los hilos de oro y plata, procedentes de láminas de esos metales preciosos, enrolladas en hilo de seda; posteriormente se empiezan a utilizar otros materiales, y aunque se mantiene la tradición artesanal, aparecen materiales como el “lurex”. Posteriormente aparecen nuevas materias para piezas menos costosas, que las imitan, fabricadas con hilos sintéticos.
Tenemos el origen, la historia, y la evolución de esos ricos tejidos, y esos estéticos motivos florales, pocos trajes regionales desprenden tanta belleza para realzar a la mujer.
Pocos tejidos consiguen un efecto tan especial al contemplar el rostro de esas mujeres, eligiendo, o admirando, una estampación floral de un traje de fallera. Aquí hay parte de la explicación de la pasión de la mujer valenciana por su traje, y lo puedo aseverar, ante el ritual tribal que se produce en las casas al vestirse de fallera, especialmente para acudir a la ofrenda de flores, donde los hombres procuran, fundamentalmente, no molestar. Madres, hijas, hermanas, se agitan entre una mezcla de nervios, alegría y emoción, en este ritual físico y emocional; el vestido, el cancán, el peinado, todo es un baile perfectamente engranado, entre el caos y la perfección final.
Indagar sobre este origen ha sido una agradable experiencia para situar estos tejidos, en el inicio de nuestra indumentaria.
La historia es infinita en su evolución, llena de matices técnicos, y especialmente sentimentales, los que producen estas obras de arte en movimiento, que ensalzan la belleza de la mujer valenciana, convirtiendo cada traje en una expresión cultural de nuestra tierra. No es necesario ser valenciano para sentirlo, detente cualquier día de fallas, en cualquier calle de la ciudad, y observarás a visitantes fotografiando, capturando, las imágenes de esos trajes para guardarlos y poder conservarlos en su memoria. Tejidos bordados de nuestra cultura ancestral, de espíritu mediterráneo llenos de tradición, belleza, huertos y flores.












