La desafección política no nace de un día para otro.
Se va gestando poco a poco, como una grieta que empieza siendo imperceptible y acaba convirtiéndose en una distancia enorme entre quienes gobiernan y quienes viven, trabajan y luchan cada día por salir adelante. No es una cuestión de ideologías, sino de cercanía real. De estar cuando hace falta, no solo cuando hay cámaras.
Durante años hemos visto a responsables públicos enfundarse chalecos de bombero, de policía o de protección civil en medio de tragedias, posar en visitas relámpago y marcharse después sin volver a pisar el territorio hasta la siguiente crisis. Gestos que pueden parecer solidarios, pero que rara vez se traducen en soluciones estructurales, presencia continuada o apoyo real. Y es ahí donde empieza el desencanto: cuando el ciudadano deja de sentirse acompañado y empieza a sentirse utilizado.
Porque gobernar no es aparecer. Gobernar es permanecer. Es conocer los problemas de primera mano, escuchar sin prisas y actuar sin excusas.
Sin embargo, demasiadas veces quienes llegan a las instituciones dejan de ser ciudadanos al servicio de otros ciudadanos para convertirse en ciudadanos-políticos al servicio de los partidos. La lógica del titular sustituye a la lógica del compromiso. Donde dije digo, digo Diego. Hoy se promete cercanía, mañana se practica ausencia.
Esto se nota especialmente en la España despoblada. En pueblos como el mío, donde soy alcalde, Gátova, donde la realidad no cabe en un discurso de despacho. Un término municipal de casi 31 kilómetros cuadrados y apenas unos 15 habitantes por kilómetro cuadrado. Aquí no hablamos de estadísticas: hablamos de vecinos mayores que necesitan servicios básicos, de caminos rurales que deben mantenerse y de infraestructuras que no pueden esperar a la próxima legislatura.
Sí, se consiguen subvenciones. Muchas, de hecho. Y son necesarias. Pero rara vez llegan por inercia o por una estructura administrativa sobredimensionada. Llegan por el tesón de ayuntamientos pequeños que exprimen cada convocatoria, que preparan memorias, justifican hasta el último euro y trabajan con equipos mínimos. En nuestro caso, prácticamente este alcalde, el secretario, un agente de desarrollo local y, un día a la semana, un ingeniero y una aparejadora. Y poco más. Sin gabinetes, sin asesores, sin departamentos enteros de proyectos europeos.
Aun así, los pueblos siguen funcionando. Y no solo funcionando: creando vida. Organizas una fiesta y se reúnen más de 2.000 personas sin apoyo de otras administraciones. A pulmón. Con recursos municipales, con el esfuerzo de técnicos, brigadas, personal de limpieza y mantenimiento. Un ejemplo claro es el Matapuerco de Gátova, declarado Fiesta de Interés Turístico por la Generalitat Valenciana, la misma administración que no aporta financiación ni apoyo organizativo alguno. El reconocimiento llega; el respaldo real, no.
Gente que no sale en fotos, pero que hace posible que el pueblo esté vivo, atractivo y digno.
Y es ahí donde la desafección se vuelve comprensible. Cuando quienes están lejos presumen de políticas contra la despoblación mientras quienes están en primera línea la combaten cada día con medios mínimos. Cuando los discursos se llenan de grandes planes estratégicos y la realidad se sostiene con trabajo silencioso.
La cercanía no se improvisa. No se construye con visitas puntuales ni con mensajes grandilocuentes. Se construye estando, escuchando y respaldando de forma constante. Entendiendo que gobernar un país también es gobernar sus pueblos pequeños. Que la igualdad territorial no se proclama, se financia y se acompaña.
Quizá por eso muchos ciudadanos ya no creen. No porque no quieran creer en la política, sino porque sienten que la política dejó de creer en ellos hace tiempo. La solución no pasa por más marketing institucional ni por más promesas de campaña. Pasa por recuperar la esencia: personas al servicio de personas.
Cuando quien gobierna vuelve a pisar barro, a conocer nombres y apellidos, a vivir los problemas reales, la política recupera sentido. Mientras tanto, la distancia seguirá creciendo. Y con ella, la desafección.
Porque al final, no se trata de llevar un chaleco un día. Se trata de estar todos los días.
Jesús Salmerón Berga
Alcalde de Gátova por el Partido Popular
Abogado











