“La libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.” — George Orwell
Gracias a Iker Jiménez y a Carmen Porter por abrir el espacio. Y, sobre todo, gracias a Juanma Bajo Ulloa por hacer algo que hoy no abunda: hablar sin red.
En su reciente intervención en Horizonte, el director vasco afirmó que el arte, la cultura y la educación viven atravesados por el miedo y por una suerte de omertà silenciosa. No es una frase menor. Es una acusación estructural.
No hablamos de prohibiciones formales ni de censura administrativa. Hablamos de algo más sofisticado: autocensura racional. En un ecosistema cultural pequeño, altamente dependiente de financiación pública y con circuitos de legitimación concentrados —subvenciones, festivales, jurados, academias— el coste de disentir no suele ser jurídico, pero sí profesional.
El miedo no llega en forma de decreto. Llega como cálculo. Como prudencia estratégica. Como tema que mejor no tocar. Como guion que se ajusta para encajar. Cuando el sistema de incentivos penaliza la disonancia y premia la alineación, el silencio deja de ser cobardía individual y pasa a ser adaptación estructural.
Eso empobrece la cultura. No porque existan sensibilidades ideológicas —eso es consustancial a la democracia—, sino porque la homogeneización estrecha el campo creativo. La diversidad real no es repetir consignas con distintos acentos; es permitir que convivan miradas incómodas.
Revisar el pasado con conocimiento actual es legítimo.
Convertirlo en tribunal moral permanente es otra cosa. El arte no puede vivir bajo la sospecha retrospectiva ni bajo la pedagogía obligatoria. Cuando crear exige blindaje reputacional, el riesgo desaparece. Y sin riesgo, no hay arte: hay producto aprobado.
Este no es un debate de trinchera. No es izquierda contra derecha. Es autonomía frente a dependencia. Es pluralismo frente a uniformidad. Es libertad creativa frente a conformismo sistémico.
¿Hay solución? Sí, si se quiere abordar el problema como estructura y no como eslogan.
Primero, transparencia radical en los criterios de ayudas y jurados pluralmente ideológicos. La diversidad no puede ser solo temática; debe ser también intelectual.
Segundo, incentivos fiscales potentes que amplíen la financiación privada y reduzcan la asimetría del financiador público. Diversificar es oxigenar.
Tercero, blindaje claro de la libertad de expresión en entornos educativos y culturales. El desacuerdo no puede tratarse como deslealtad moral.
Y cuarto, una humildad colectiva: asumir que ninguna sensibilidad posee el monopolio ético del presente.
La cultura no se degrada por el conflicto. Se degrada por el miedo. Y cuando un creador con trayectoria habla de silencio estructural, conviene escuchar antes de descalificar.
La valentía no consiste en amplificar el ruido. Consiste en señalar el clima. Y, a veces, en recordar que la libertad creativa no es un lujo romántico: es la condición de posibilidad de cualquier sociedad que aspire a llamarse democrática.
- “El miedo construye sistemas de control; la conciencia construye libertad. Y esa frontera no está en las leyes, sino en el corazón de cada persona.” — J. N.












