Quedan pocos días para el gran día de las compras compulsivas. Y, siendo sinceros, ¿a quién no le seduce estrenar algo nuevo? Hemos integrado los objetos en nuestra identidad hasta el punto de confundir lo que deseamos con lo que realmente necesitamos.
Comprar se ha convertido en ocio, incluso en rutina. A veces pasamos horas en un centro comercial sin adquirir nada, dejándonos llevar por esa sensación de “renovar” nuestra imagen social. Y luego, al abrir el armario, reaparece ese abrigo que jamás estrenamos: la prueba silenciosa de que la elección fue más impulso que utilidad.
Las ofertas funcionan como cantos de sirena. Una vez vi a una señora llevarse cinco chaquetas idénticas “por si acaso”. Cuántas veces ese “por si acaso” es, en realidad, el miedo a perder una oportunidad inventada. Así es como el marketing convierte la urgencia artificial en una sensación de necesidad.
Con la Navidad a la vuelta de la esquina, los regalos, los autoregalos y las “necesidades” exprés se multiplican. Hemos dejado que el consumo organice nuestro calendario emocional, como si la calidad de estas fechas dependiera del número de bolsas que acumulamos.
Quizá convenga, antes de lanzarnos a las rebajas, preguntarnos algo sencillo: ¿compramos porque lo necesitamos o porque alguien ha contado tan bien la historia que ya no distinguimos entre hábito y deseo? El Black Friday no solo trae descuentos: también revela lo fácil que es confundir bienestar con posesión.
Lo único que no debería rebajarse es nuestro criterio. Si compramos, que sea con conciencia. Si regalamos, que no sea para tapar vacíos. Y si estrenamos algo estos días, ojalá sea con un poco más de lucidez.
¿Tú por qué compras? Como recordaba Don Draper en Mad Men: “¿Qué es la felicidad? Es el momento antes de necesitar más felicidad”.












