A un chaval de 18 años, en Alicante, le dieron una paliza brutal la madrugada del sábado 4 al domingo 5 de octubre, en la zona de la Playa de San Juan, cerca de la sala Magma.
Una veintena de energúmenos —sí, una puta veintena— se le echaron encima.
¿El motivo? Intentó ayudar a una chica que lloraba en la calle.
Eso bastó para que la supuesta pareja de la joven y su grupo lo derribaran de un puñetazo, lo dejaran inconsciente y luego le patearan la cabeza mientras estaba en el suelo.
Durante minutos. Minutos. Sin defensa posible.
Su madre lo ha contado en redes, con la serenidad destrozada de quien ya no sabe si su hijo despertará igual que antes. Sigue en la UCI, con daños cerebrales severos. Los médicos no dicen más; no pueden.
Y uno, al leerlo, se queda con esa mezcla de rabia, asco y miedo: porque esto no debería estar pasando aquí, ni en ningún sitio.
La Policía Nacional investiga. De momento, ningún detenido, ningún identificado. Ni una cara, ni un nombre, ni una sombra. Veinte contra uno, y ni una jodida cara que dé la cara.
Una madre que no se calla
“Si estos salvajes no son detenidos y pagan por su crimen, mientras sigan campando a sus anchas, la próxima víctima podrías ser tú, o tu hermano, o tu familiar o amigo.”
Eso escribe Mayte Ansa, la madre. Y tiene razón.
Porque cada vez que nos acostumbramos a leer una noticia así y seguimos con el café, estamos colaborando con los salvajes.
Cada vez que decimos “qué barbaridad” y pasamos al siguiente vídeo, estamos firmando la próxima paliza.
No hay que tener un hijo para entenderlo. Basta con tener alma.
Un patrón que se repite
Hace justo un año, en La Murada (Orihuela), otro chaval fue apalizado por un grupo.
Siete detenidos, meses después.
Otra UCI, otra madre rota.
¿Y sabéis qué pasa?
Que no aprendemos un carajo.
Ni como sociedad, ni como país.
Tenemos leyes, tenemos cámaras, tenemos redes… pero lo que no tenemos es vergüenza colectiva.
Nos está pasando lo mismo que con los incendios o los accidentes absurdos: dejamos que el horror se repita porque ya forma parte del paisaje.
Y mientras tanto, nos vamos volviendo inmunes. Nos callamos, bajamos la mirada, y el monstruo se hace más fuerte.
A los que vieron algo
Si estuviste por la sala Magma esa madrugada, habla.
No hay excusa.
Cualquier vídeo, cualquier detalle, cualquier matrícula, puede ser la diferencia entre justicia y silencio.
No te calles pensando que no servirá de nada.
Servirá.
Servirá para que el próximo chaval no acabe intubado por tener la decencia de detenerse a ayudar.
Y si por alguna razón no viste nada, no difundas bulos.
No inventes.
Deja de jugar a periodista de WhatsApp.
Apoya, pero con verdad.
Y exige, sí, exige que la policía y los jueces informen. Que nadie tape lo que ha pasado.
Porque el problema ya no son solo ellos
El problema somos nosotros.
Los que miramos y seguimos de largo.
Los que creemos que la violencia es una serie de Netflix que termina cuando apagas la tele.
No, no termina.
Empieza justo ahí, en esa cobardía diaria de mirar hacia otro lado.
Estamos criando chavales que confunden valentía con violencia, grupo con manada, diversión con agresión.
Y los adultos, muchos, callamos porque “no es nuestro problema”.
Pues sí, lo es.
Es nuestro problema, y si no lo arreglamos, acabaremos todos anestesiados, acojonados o muertos por dentro.
Y aún así… esperanza
Sí, joder, esperanza.
Porque hay madres como Mayte, que en vez de esconderse, alzan la voz.
Porque hay gente que todavía se indigna, que aún no ha vendido su conciencia a cambio de “no meterme en líos”.
Porque la mayoría, en el fondo, queremos vivir en un país donde ayudar a alguien no sea una sentencia.
No sé si el chaval volverá a caminar, hablar o recordar.
Ojalá sí.
Pero de lo que estoy seguro es de que no podemos dejar que esta historia se apague.
Porque entonces sí estaremos todos en coma.
Así que habla, comparte, ayuda, denuncia.
Haz algo, lo que sea, pero no te calles.
Mientras sigan campando a sus anchas, ninguno estamos a salvo.
Y hasta que la justicia llegue, que al menos no se diga que nos quedamos mirando







