El mundo despide hoy a Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, quien ha fallecido a los 88 años en la Casa Santa Marta del Vaticano, el modesto lugar que eligió como residencia en lugar de los tradicionales y lujosos apartamentos papales. Su deceso, confirmado por el cardenal Kevin Farrell, marca el fin de un pontificado que ha transformado profundamente la Iglesia Católica.
Nacido en Buenos Aires en 1936, Francisco fue el primer pontífice latinoamericano y jesuita. Su elección, el 13 de marzo de 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI, representó un paso hacia una Iglesia más cercana a la gente y más atenta a los desafíos del mundo contemporáneos. Durante sus 12 años de pontificado, abogó por la justicia social, el diálogo y el cuidado del medio ambiente. Fue, además, una figura querida a nivel mundial por su cercanía, sencillez y empatía.
La salud del Papa se deterioró en los últimos meses a causa de una neumonía bilateral. A pesar de su frágil estado, realizó su última aparición pública el Domingo de Resurrección, logró realizar su última aparición pública en el Domingo de Resurrección, impartiendo la bendición Urbi et Orbi desde el balcón central de la basílica de San Pedro.
Con su fallecimiento, la Iglesia entra en el periodo de sede vacante, y se abre el camino hacia un nuevo cónclave que elegirá a su sucesor. Francisco deja un legado que desafía a la Iglesia a seguir caminando hacia una mayor apertura, compasión y humanidad.
De Buenos Aires a Roma
El 13 de diciembre de 1969 fue ordenado como sacerdote, y posteriormente, el 28 de febrero de 1998 sucede al cardenal Antonio Quarracino como arzobispo de Buenos Aires. Durante su servicio pastoral en la capital argentina, se hizo conocido por su estilo austero: viajaba en metro, evitaba los lujos y convirtió el despacho del arzobispo en un centro de ayuda para los más necesitados.
Ese mismo espíritu lo acompañó a Roma cuando, en 2013, fue elegido el Papa número 266 por los 115 cardenales reunidos en cónclave. Ante una multitud en la Plaza de San Pedro, pronunció sus primeras palabras como pontífice:
«Hermanos y hermanas, buenas tardes. Sabéis que el deber del cónclave es dar un obispo a Roma, y parece que mis hermanos cardenales han ido a buscarlo al fin del mundo, pero ya estamos aquí.»
Y desde ese “fin del mundo”, trajo consigo una forma de liderazgo basada no en el poder, sino en el servicio.
Una Iglesia más abierta y comprometida
Francisco llegó con una misión clara: reformar una Iglesia desgastada por escándalos de abusos, alejada de la gente común y atrapada en debates doctrinales. Visitó cárceles, lavó los pies a inmigrantes musulmanes, abrazó a víctimas de abusos y alzó la voz frente a los grandes temas de nuestro tiempo: el cambio climático, la desigualdad, el machismo y la xenofobia.
No tardó en remover estructuras internas del Vaticano, reordenar las finanzas opacas y pedir tolerancia cero frente a los abusos sexuales cometidos por miembros del clero. El 7 de julio de 2014 en una homilía pronunciada durante una misa privada con seis víctimas de abusos sexuales por la iglesia, el papa Francisco ofreció disculpas por los abusos y pidió perdón, prometiendo que los obispos católicos “tendrán que dar cuentas” por fallar en su tarea de proteger a los niños. Se vio obligado a referirse al abuso clerical y la pedofilia, expresando su «vergüenza». Trabajó por un cambio de cultura y por la reparación, y no dudó en destituir a algunos cardenales.
En materia de derechos LGTBIQ+, aunque no modificó la doctrina oficial, cambió profundamente el tono del diálogo.
“Si alguien es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”
Su frase se convirtió en símbolo de un cambio de actitud. Fue el primer Papa en reunirse con personas trans y, en 2023, autorizó la bendición de parejas del mismo sexo. Su insistencia en que las personas LGBTQ+ son “hijos de Dios” y bienvenidas en la Iglesia contribuyó en cierta medida a curar el dolor que muchos católicos homosexuales sentían tras el duro trato recibido en el pasado.
Puentes y no muros: solidaridad con los refugiados
Una de las imágenes más poderosas de su pontificado ocurrió el 16 de abril de 2016, durante su visita a la isla griega de Lesbos. El Papa Francisco llevó a 12 refugiados musulmanes sirios a bordo de su avión papal durante su visita.
Entre los refugiados se encontraban tres familias musulmanas procedentes del área metropolitana de Damasco y la ciudad de Deir Ezzor, en Siria. Sus hogares habían sido destruidos por los bombardeos derivados de los combates entre el régimen, los rebeldes y, más adelante, el Estado Islámico.
La iniciativa papal fue coordinada por la Secretaria del Estado del Vaticano junto con las autoridades griegas e italianas. Paralelamente, la responsable de la acogida y cuidado inicial de estas familias fue la Comunidad de Sant´Egidio, una organización católica laica fundada en Roma en 1968 y dedicada a la ayuda de los pobres y promoción de la paz.
Durante el vuelo, el Papa explicó que no se hizo distinción religiosa en el proceso de selección de las familias, sino que fueron aquellas que contaban con la documentación en regla. De este modo, subrayó que su decisión fue motivada por razones humanitarias, y no políticas.
Este viaje fue ampliamente reconocido como una de las acciones más representativas del Papa Francisco, así como se convirtió en un símbolo de solidaridad y de apertura de la iglesia por los más vulnerables, independientemente de su fe.
Una voz global por la justicia y el medio ambiente
Francisco también será recordado por su liderazgo en la defensa del medio ambiente. En 2015 publicó Laudato si’, una encíclica revolucionaria que vinculó la crisis ecológica con la pobreza y la injusticia social. Con ello, hizo un llamado global a cuidar la “casa común” y fue el primer Papa en vincular directamente la crisis ecológica con la justicia social y pobreza, denunciando que los más pobres son quienes más sufren los efectos del cambio climático.
En un encuentro con científicos del Vaticano, declaró:
“La destrucción del medio ambiente es una ofensa contra Dios”
El Papa del siglo XXI
Eligió llamarse Francisco en honor a San Francisco de Asís, y trató de encarnar su ejemplo: vivir en humildad, construir fraternidad y luchar contra la vanidad del poder. Hoy, al recordarlo, el mundo reconoce a un Papa que supo estar del lado de los más olvidados, que renovó el lenguaje de la Iglesia y que dejó una semilla de esperanza para el futuro.
Su legado no termina con su muerte: perdura como un llamado a una Iglesia que sea menos institución y más comunidad. Una Iglesia que, como él quiso, camine con todos.











