Desde las pieles más básicas para escapar del frío y protegernos, a la utilización de las prendas como diferenciadoras de un estatus social.
Si ha habido una diferencia notable en el vestir, ha sido en la mujer: en momentos muy concretos se ha convertido en una pieza fundamental en su lucha por la igualdad; no por las prendas en sí, más bien por su significado en su lucha por un trato de paridad con el hombre.
No voy a entrar en cuestiones filosóficas, y creo que hay tantas como mujeres existen, sobre cuál es el mejor camino para llegar a este destino. Cada uno que utilice el sentido que menos utilizamos en estos temas, que no es otro que el sentido común.
Llevemos la historia a nuestro pasado más reciente, donde se realizaron los cambios más importantes en estos avances sociales.
Fue Amelia Jenks Bloomer, feminista, sufragista y diseñadora americana de moda, quien pretendió introducir en el siglo XIX los pantalones para el uso de la mujer. Desde entonces, esto ha ido francamente lento. Tuvo que abandonar la idea por la burla y los ataques recibidos en aquella época. Para ubicarnos en ese momento, era una represión social, moral, sexual y religiosa, pero lo intentó.
El diseñador inglés, afincado en París y un siglo antes, en el siglo XVIII, Charles Frederick Worth, creador de la Chambre de la Haute Couture y padre de la alta costura, rompió la estructura del miriñaque, esa pieza compuesta por varillas que ahuecaba la falda, que a mi parecer era un potro de tortura, y la sustituyó por el polisón, una estructura más recta con un abullonado en el final de la espalda. Un gran avance en el vestir para la mujer, dejando esas estructuras rígidas, nada cómodas y abriendo un nuevo camino.
Solo dos catástrofes, como la primera y segunda guerra mundial, introdujeron por necesidad el uso del pantalón al tener que integrarse en las fábricas y realizar labores más masculinas para la época; la mayoría de los hombres se encontraban en esos momentos luchando en la guerra.
No podemos olvidar a Coco Chanel por diseñar y normalizar el uso del pantalón, a Yves Saint-Laurent que creó el “smoking” como traje chaqueta sastre con pantalón para la mujer, y cómo no, a Mary Quant con la creación de la minifalda. Todo esto, junto con algunos hechos más, como el movimiento hippy o el bikini, generaron ese avance de convertir la ropa de mujer en un reflejo de sociedades más igualitarias entre hombres y mujeres.
En esta evolución no me voy a olvidar del edadismo, cierto que pueden padecerlo también los hombres, pero hace apenas nada, en los años 50, una mujer vestía como una anciana y además lo parecía, y sin duda esto ha cambiado. Con el equipo de moda con que yo trabajaba, tanto a responsables como a vendedores les proponía un juego social. Si hay algo terrible para un vendedor es realizar juicios de valor a priori, en moda son las personas que deben asesorar y deben ser muy abiertas mentalmente; el juego consistía en adivinar la edad de una mujer observándola de espaldas. ¡Sorpresa! Incluso en ocasiones, si iban dos mujeres o tres, alguna era la madre y por la forma de vestir era difícil de adivinar.
Esto ocurre también con la separación entre los departamentos de Juventud y Mujer en tiendas que lo segmentan. Si algo queda claro, es que un porcentaje altísimo de mujeres compra en ese segmento de juventud, y que esta separación se ha convertido en anacrónica. La ropa, hoy en día, simplemente se compra por gusto personal, comodidad o que encaja en nuestro estilo de vida. Sigo comprando en “Juventud” y es el tipo de ropa que me gusta llevar, sin por supuesto caer en la extravagancia, que tampoco me parece mal, es simplemente una cuestión personal.
Sin duda ha sido un camino muy largo para llegar hasta aquí, y normalizar una forma de vestir fuera de estereotipos, en muchos casos de origen masculino, que eran un reflejo de los impedimentos en el avance de la mujer en todos los campos de la vida. Explicado en estas pocas palabras, es difícil entender el esfuerzo desarrollado por muchas personas y la importancia del vestir como reflejo de nuestra sociedad.
No entiendo, dicho sea de paso y que me perdonen los que no estén de acuerdo, los puestos por cuotas; con tanto esfuerzo de las mujeres para llegar hasta aquí, no les hace justicia; el talento debe definir los logros, no el sexo de cada uno, utilizando de nuevo el menos común de los sentidos.
Cubrir nuestro cuerpo parece, sin detenerse a pensarlo, algo simple, un trozo de tela, pero ha sido una herramienta de expresión, lucha, inconformismo y de logros. Podéis asegurar sin equivocaros que seguirá siéndolo.









