Zaplana, Camps y Fabra (Olivas es Bankia)

En 2003 el político más bronceado e infructuosamente investigado de España, Eduardo Zaplana (*), era ministro. Y Francisco Camps, la viva y flaca imagen de la honestidad, presidente de la Generalitat. Poco tardó el primero en darse cuenta del error cometido -a la luz de sus planes- al elegir al segundo para sustituirle en el Palau. La guerra entre ambos fue cruenta. Como era de esperar la ganó Camps: ser presidente de la Generalitat y de su presupuesto es lo mejor que se puede ser para alcanzar la presidencia regional de un partido, que aún estaba en manos de su antiguo mentor. Poco a poco se fue produciendo el trasvase de fieles de una causa a la otra, hasta quedarse Zaplana con Ripoll y cuatro más. El resto, o se pasaba o era destituido y moría políticamente.

Sorprendentemente esa larga y tremenda contienda no pasó factura al PP en las elecciones autonómicas y locales, lo que debió hacer pensar a Camps en algo parecido a la inmortalidad. Días de vino y rosas. Ahora sabemos que tal cosa -la inmortalidad- ni siquiera en la política valenciana existe. Si acaso con la excepción del alicantino Ángel Franco. Camps cayó por la tontería de los trajes. Y supimos que no se levantaría cuando El País -no ABC ni El Mundo, por cierto entonces en bandos enfrentados- adelantó que Alberto Fabra y no Rita, ni Rambla, ni otro, iba a ser su sucesor. Cuando Camps tomó la decisión de cambiar de número de teléfono móvil y no facilitárselo a Zaplana ya había sopesado los apoyos con los que podría contar para la magna empresa de cortar amarras a tan firme puerto (aún no había sucedido el 11-M). Rita, su madre política, que no pasó de la coexistencia con Zaplana, era fija. Y con ella Cotino, padre político de Camps. Pero, asegurada Valencia, había que buscar apoyos en las otras dos provincias. Castellón era Carlos Fabra, y Carlos Fabra era Castellón. Y en Alicante, la más zaplanista de las demarcaciones siempre recelosa de Valencia, hubo que buscar resentidos con el omnipresente ministro. Porque convencidos, sólo Milagrosa Martínez, alcaldesa de la turística Novelda y luego presidenta-perla de Les Corts. Si acaso. Y los halló en los alcaldes de Alicante (Díaz Alperi), y Torrevieja (Pedro Ángel Hernández Mateo). Y en David Serra, martillo de herejes a quien Zaplana descuidó cuando sólo era una ambiciosa y joven promesa en Les Corts ávida de encargos de enjundia.

Salvando las (enormes) distancias, un poco lo que Rus, de quien Zaplana no se fiaba por locuaz y ocurrente, y a quien ya no le bastaba ser alcalde de su pueblo y del Olímpic de Xàtiva. Han pasado diez años de aquel famoso artículo en El País de Rafael Blasco -siempre el primero en cualquier manifestación que valga la pena- en el que, con todo el sentido del mundo teniendo en cuenta cómo se concibió la política española durante la Transición, reclamaba la presidencia del partido en la Comunidad para el presidente de la Generalitat. Ésa fue la liebre, el disparo de salida, para todos, galgos y podencos. Hoy, sólo un decenio después, Hernández Mateo va a entrar en prisión, Carlos Fabra y Rafael Blasco están presunta y condenadamente cerca de seguirle los pasos, y Serra, Díaz Alperi y la delfina de éste, Sonia Castedo (históricamente los concejales de urbanismo de Díaz Alperi suelen tener problemas), y varios exconsellers de Camps, tienen abiertas causas de importancia que veremos cómo evolucionan. Y a ver qué pasa con Cotino, en el punto de mira político-judicial (perdón por la redundancia) desde hace tiempo. Sólo Rita, el bastión, y Rus, el independiente, se salvan de la quema. Visto lo que se veía venir, no me extraña que, aun con las injustas víctimas colaterales que tal medida está generando, Alberto Fabra mantenga a rajatabla sus líneas rojas por el bien de su partido, que ya no quiere -ni se puede permitir gracias a Montoro y RTVV- ser el de Camps. Y que no le duelan prendas si se le ve con Zaplana, a pesar de Ripoll.

(*) A día de hoy media España está aún convencida de que dijo que “estoy en política para forrarme”, cuando fue Vicente Sanz -otro que tal- quien lo hizo. Una prueba más de que una mentira mil veces repetida puede hacer creer a mucha gente que estamos ante una verdad.