Rehenes de la posverdad

Juan Vicente Pérez Aras, colaborador de Valencia News. Más Europa, más España, más ValenciaJuan Vicente Pérez Aras, colaborador de Valencia News. Más Europa, más España, más Valencia

Quedan 300 días para finalizar 2017. Un año que avanza imparable en estas fechas de la Cuaresma Cristiana, sometido a la nueva política de la posverdad. Nos encontramos en un momento decisivo donde el pensamiento único busca apuntalar esa superioridad moral desde el determinismo más reduccionista. Una acción paternalista desde el Estado que todo lo controla por el bien de una ciudadanía anulada en su faceta individual para confundirla con la masa. La izquierda necesita una victoria moral ante el resquebrajamiento de su base ideológica. Especialmente en el año del centenario de la revolución bolchevique. Una histórica y comprometida lucha del socialismo universal por tapar el mayor fracaso, en tan solo cien años, de esos principios desarrollados en 1847, por Karl Marx y Friedrich Engels en El manifiesto comunista.

Pero la historia es tozuda, y la crisis socio-económica que ha azotado el mundo en la última década, especialmente en el viejo continente, ha propiciado lo que Adrian Wooldridge, coautor de “La cuarta revolución”, describía en la revista The Economist en su edición de año nuevo: “El bolchevismo ha regresado”. Demasiadas similitudes con aquellos acontecimientos que se iniciaron con la Revolución de Febrero en Rusia y culminaron en octubre. Un espíritu revolucionario que quedó sepultado bajo los cascotes del Muro, y que ahora busca su redención a lomos de partidos reaccionarios de corte neomarxista por un lado, y neofascista por el otro. Dos extremos que se tocan peligrosamente para anular los mecanismos de convivencia que han propiciado el período más largo de paz y prosperidad en el viejo continente.

Una agitación social que trasciende cualquier disposición al razonamiento pausado. Un continuo y ensordecedor ruido a nuestro alrededor que anula el más común de los sentidos, para atacar sin compasión, ni tregua, ni reglas, a quien no piensa igual. La intolerancia y la intransigencia cabalgan desbocadas por en medio de una sociedad que deja hacer, en un peligroso ejercicio de dejación irresponsable. La posverdad ha venido para quedarse ante una sociedad enmudecida y sin respuestas para frenar el ímpetu populista. Amenazas que se van cerniendo sobre nosotros, poco a poco. Imperceptiblemente van penetrando por todos y cada uno de los poros de una sociedad que no consigue despertar de su peligroso letargo.

Vivimos al socaire de esa transformación de la comunicación política en propaganda, agravada por una crisis de identidad del periodismo actual. Una crisis cuya principal causa, para el 48’3 % de los periodistas que han respondido a la encuesta difundida por la Asociación de la Prensa de Madrid, es el amarillismo y el sensacionalismo, que ha hecho de la profesión un espectáculo. A esa apatía del periodismo actual se suman la dependencia de la “nueva” política por el espectáculo mediático, y la fragmentación de una ciudadanía que va perdiendo poco a poco los referentes y valores de una verdadera sociedad cosmopolita, adoctrinada desde las aulas y subsidiada desde el poder.

Todo ello nos presenta un escenario lamentable en el que se pone en valor el triunfo de la mentira. La posverdad hace referencia a la sustitución de la verdad basada en hechos factuales por la aceptación sentimental de la mentira. No importan los hechos, sino los sentimientos que despierta una mentira para mediatizar la opinión pública.  Un detalle nada irrelevante, pues lo aparente, lo sugerido como verdad irrefutable, es mucho más importante que la propia verdad, que queda relegada al sueño de los justos. Un daño irreparable para una sociedad enferma que necesita rearmarse ante este virus letal, magistralmente inoculado por los laboratorios sociales.

Todo un reto para esa sociedad debilitada por el efecto viral, que debe afrontar con la salida de una crisis económica sin precedentes, garantizar la paz social con buenas dosis de crecimiento y empleo, afrontar la amenaza de una pirámide de edad invertida, armonizar y redistribuir los siempre escasos recursos de forma eficaz y eficiente, y generar un ecosistema socio-político que contrarreste los efectos nocivos de la posverdad en los mismos cimientos de nuestra convivencia.