Los tiempos de asombro o la última revolución

William Vansteenberghe, Experto en Inmigración. LA MARCA DE CAINWilliam Vansteenberghe, Experto en Inmigración. LA MARCA DE CAIN

Siglo extraño el XXI,  ya que parece definirse de momento mirando hacia atrás y, hablando hacía el futuro ignoto, pareciéndose así a uno de los tres hermanos de la canción de Silvio Rodríguez, él que por mirar con un ojo hacía la izquierda y  otro a la derecha, terminó extraviado.

Ante tanta ignorancia acompañada por vocerío constante y mención al pasado, no estaría mal que puestos a mirar, lo hiciéramos a conciencia, con calma y sobre todo, con sinceridad. Con estas tres bases podríamos fijar marcas en el tiempo, con el fin de saber si los momentos se parecen entre sí, o por el contrario todo lo que vivimos es genuino y novedoso, como afirman los recién llegados, para justificar  sus múltiples errores.

De momento si nos  fijamos en las afirmaciones de Marie LePen, podemos tener una extraña sensación de déjà vu, pero no de algo vivido por nuestra generación, sino por lo contado por la  anterior. Parece que estemos entre todos, dispuestos a hundir estos 60 años de paz con múltiples defectos, y ahogarlos en un barreño diminuto, haciendo creer a la gente que es el más temible de los océanos.

Podemos afirmar sin miedo que los tiempos son los mismos y al mismo tiempo, diferentes.  Como siempre.

En política han aterrizado toda una serie de personas que están redescubriendo América, convencidos de que jamás nadie ha ollado esta tierra antes. –Empiezo a comprender las miradas sarcásticas de los viejos cuando nos oían cambiar el mundo a base de saliva y de aire-.

Sin embargo vivimos en un estado de permanente asombro, oyendo y viendo cosas que a pesar de su forma y colores diferentes, ya hemos experimentado antes, pero por seniles y vagos, decidimos subjetivamente dar por buenos y amortizados, olvidando lo que afirmaba Toynbee, “la Historia es circular y por ello se repite en Ciclos”.

¿Hemos llegado pues a la decadencia tan temida?, parece que sí, sobre todo si no nos atrevemos a aceptar que hemos dejado muchos caminos sin explorar por intereses espurios, pero sobre todo por miedo a andarlos. Volviendo a los historiadores del siglo veinte, no nos olvidemos que el periodo de decadencia no es el que se debe temer, sino el colapso. Es decir, la incapacidad de una sociedad en resolver las paradojas que ella mismo ha creado. Una buena imagen sería la del ahogado por abrazarse a sí mismo.

Sería pues interesante mirar hacia atrás para determinar qué es lo que hemos aprovechado y lo que nos queda por aprender de lo que no nos hemos atrevido a elegir.

El verano de 1967, lo cambio casi todo en el mundo y ello para casi siempre. Este famoso momento que atesoró una nueva forma de ver la vida desde la perspectiva del amor, el desinterés por lo material, el deseo de mejorar las relaciones humanas, el aprendizaje de una mejor justicia, el deseo de dejar de matar como solución primaria a los conflictos, el empuje y la emergencia de colectivos oprimidos, todo ello con banda sonora y una creación artística imparable llamada la Contracultura, nos ha hecho vivir, a menudo de forma cínica, un periodo de 50 años lleno de trocitos de aquel verano del amor, que se encarnó en la ciudad de San Francisco y desde ahí se extendió al  Mundo entero, a través de un cambio de paradigma, que por desgracia las fuerzas conservadoras de la sociedad consiguieron limitar a una sola generación, promocionando el nihilismo en la segunda y el ninismo en la siguiente.

Pero ya que estamos buceando en el estalinismo, en los círculos revolucionarios cercanos a Rosa Luxemburgo, los trotskismos pre mejicanos, el obrerismo sin obreros y estamos dando por bueno sin masticar lo que entonces se dijo e hizo, sin luz ni taquígrafo. ¿Porque no resucitamos al espíritu hippy?, término que se encargó el establishment de transmitir como demodé y estúpido, además de relacionado con gnomos, y otros criaturas fantásticas.

Pues ese movimiento paró una guerra, definió las relaciones sexuales hasta el día de hoy, empoderó por primera vez de forma visible a muchos grupos minoritarios hasta entonces, desde los afroamericanos, los colectivos lgtbi, las mujeres y hasta los niños.

Nació el concepto de ecologismo alrededor de la primera fotografía de la Tierra en su aspecto redondo, regalo de la NASA,  permitiendo a la humanidad cambiar la visión horizontal e infinita de nuestra orbe, al menos en parte, ya que aún hoy hay gobernantes que siguen actuando como si fuera plana e infinita en recursos.

En definitiva fue la última revolución que vivió nuestra sociedad, al menos en términos progresistas, ya que el Punk fue defensivo y autodestructivo, además de revanchista.

Las juventudes sucesivas han abandonado el deseo de mejorar lo planteado hace ya 50 años, y prefieren volver a la simpleza de la lucha de todos contra todos, haciendo bueno el paradigma simplificador del odio al diferente es nuestra bandera. Somos en definitiva una vez más excluyentes, ya que siempre hay alguien que odiar, por el aspecto, el idioma, el color, la procedencia, el sexo, y miles de diferencias que solo el ojo es capaz de entender. Nos han vuelto a atrapar en el “divide y vencerás” tan diferente de lo que nació de forma casi casual hace cinco decenios.

No olvidemos que en el Paris del 68 los jóvenes alteraron el curso de la Historia y los obreros se negaron a participar de la visión de la playa debajo de los adoquines, preocupados solo por lo inmediato y lo tangible, practicando a rajatabla el materialismo histórico. Estos mismos obreros que fueron derrotado en lucha feroz por los Conservadores como Tatcher y Reagan y diluidos por los sucesores, por empeñarse solo en un cambio de paradigma económico y  en actuar contra, en vez de juntos.

Pero durante aquél verano se rompió con todo y casi basculamos en otra forma de hacer vida social. ¿Porque fueron prohibidos los mensajes de amor de los Beatles, desde el Kremlin a la Habana, desde El Cairo a Rabat, desde Madrid a Atenas, pasando por Portugal? porque era el leitmotiv más destructivo jamás ideado por la raza humana, haz el amor y no la guerra. En qué mal lugar quedaba el paradigma de la competitividad, hoy aceptado por todos y todas.

Millones de personas contaminadas por el virus del querer, abandonando las rencillas, los odios del pasado, los miedos al futuro y viviendo el hoy, sin deseo de acumulación inútil. Jamás han estado tan cerca el Capitalismo y el Marxismo de ser eliminados por caducos.

El régimen vigilo durante años, y con razón las reservas de agua de las grandes ciudades californianas ante el temor de su contaminación definitiva con LSD, que por un lado fue arma de experimentación para el ejército con un fracaso absoluto, y por otro lado el acicate definitivo para que la gente se despojara de lo inútil, y concibiese redes de comunicación de tal magnitud que un servidor está conectada a una de ellas resultado de este espíritu de ruptura con todo lo anterior,  buscando algo mejor.

Esto es lo que diferencia este espíritu revolucionario de este catarro involucionista a diestra y siniestra, el deseo de mejorar y pagar el precio por ello, y no este espíritu de fin de ciclo  que nos obliga a resistir, con la promesa de más problemas ya que  la maquinaria sabe que se ha quedado obsoleta.

¿Donde está la juventud rompedora, donde están los artistas bohemios, los escritores provocadores, el arte impío, en definitiva, ¿dónde está el deseo de revolucionar?

La música la maneja la televisión, el arte esta amordazado a base de IVA, el narcisismo se ha vuelto provinciano, las luchas se ciñen a las lenguas y a los territorios, han renacido todas las fronteras mentales que adocenaban a nuestros padres y abuelos, es por lo tanto un buen momento para volver a romper las ligaduras mentales que nos llevan a conformarnos a usar internet, en vez de la net universal que une de verdad a un ser con otro, y sobre todo, el aceptar que somos iguales bajo la luz de las estrellas de un cálido verano.