EDITORIAL. 24 años de Rita Barberá

«La Valencia que dejo no tiene nada que ver con la ciudad gris, apática y sin pulso que me encontré en el año 1991» es una de las frases lapidarias que pronució ayer Rita Barberá en su despedida del ayuntamiento. Han sido 24 años con luces y sombras. Llegó al poder, a pesar de lo que ahora reinvidica su partido, sin ser la lista más votada. Aquellas elecciones las ganó el PSPV-PSOE con 13 concejales, frente a los 9 del PP y los 8 de Unión Valenciana (la suma de los 3 de Esquerra Unida no fueron suficientes para mantener a Clementina Ródenas como alcaldesa). Solo 15.000 votos separaron de la gloria a Barberá y a Vicente González Lizondo. Esos votos y, según cuenta la leyenda, el pacto tácito -y de espaldas a la ejecutiva de los regionalistas- con la directora de un periódico de mucha influencia en aquella época. Según ese acuerdo, habría gobierno de coalición y lo encabezaría la lista más votada; la magancha era que según la mayoría de encuestas, UV sería la más votada de ambos, pero la astuta periodista tenía otras encuesta más fiables que indicaban que los populares acapararían más sufragios. Y del despacho de la dirección de aquel rotativo: a la historia.

A la historia en rojo. El rojo que lució ayer en su última comparecencia pública como alcaldesa de Valencia. El rojo de Rita, así sin apellidos que la alcaldesa consiguió ser conocida en toda España sin necesidar de mentar su apellido. El color que siempre ha lucido Rita Barberá en los días más significativos para ella. Entre ellos la concesión de la Copa del América, los éxitos deportivos -sobre todo las ligas y copas europeas del Valencia CF y el “¡qué bote Rita, qué bote Rita!”-, su aparición en los medios españoles -poco para lo que la ciudad merece-, la rehabilitación de la ciudad, el apoyo a las fiestas de la ciudad y en particular las Fallas, la rehabilitación del puerto de Valencia y la creación de la Marina Real y maryorías absolutas, muchas (1995, 1999, 2003, 2007 y 2011)… Pero también granates, como el asunto del Cabanyal, que queda por resolver, el ZAL del puerto, que sirvió para llevarse por delante muchas hectáreas de huerta y hoy en día es un triste erial,  los últimos asuntos judiciales que han salpicado a algunos de los concejales de su equipo de gobierno: Emarsa, Noos, Imelsa, etc. y una gran deuda con la ciudad: el parque central, que no ha conseguido llevar a adelante en estos 24 años. Barberá lo resumía todo ayer como: «los logros que han hecho de Valencia una ciudad abierta, integradora, sostenible y generadora de oportunidades».

En su despedida de ayer, la alcaldesa también quiso hacer énfasis en las cuentas municipales, de las que deja más de 100 millones de euros en caja. Pero creemos que ni ella misma ha ponderado en su justa medida su salida. Podemos estar de acuerdo en que no siga de concejala en la oposición por aquello de que se convertiría en blanco seguro de cualquier invocación del nuevo equipo de gobierno a “la herencia recibida”, coletilla a la que tanta querencia tienen PP y PSOE. Todavía no ha confirmado si estará hoy en la ceremonia de cambio de alcalde, es decir, Joan Ribó no recibirá la vara de mando de las manos de Barberá. Y este último gesto además de feo, no se lo merece Ribó, pero sobre todo no nos lo merecemos los ciudadanos del Cap i casal, y si nos apuran, tampoco el juego democrático. Una actuación poco elegante que también engrosará su amplia bibliografía. Una verdadera pena.