Discurso de Don Felipe o llevar al plano de lo normal lo que en la calle es normal…

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Don Felipe ha intervenido por tercera vez en la noche prenavideña, en la alocución más solemne de las que realiza el jefe del Estado en uso de sus atribuciones constitucionales. En 2014, el monarca llevaba apenas unos meses en el cargo y el país todavía estaba conmocionado por las consecuencias más traumáticas de la crisis; en 2015, el discurso navideño quedó eclipsado por las elecciones generales que acababan de tener lugar, y cuyo resultado ya presagiaba la apertura de un dilatado periodo de inestabilidad, que acabó siendo incluso más largo que lo previsto. En esta ocasión, el Rey ha podido ya intervenir con plena normalidad en un país con dificultades pero en marcha, que ha dejado atrás la zozobra de la provisionalidad y que está experimentando con ilusión unos nuevos tiempos de gran intensidad política, a la vez que descubre las potencialidades de un parlamentarismo enriquecido con más actores de los que eran habituales hasta ahora.

A partir de esta situación más favorable que en años anteriores, don Felipe ha querido lanzar esta Nochebuena un mensaje de optimismo –“celebrar con alegría lo que nace es tener fe en el futuro”—, basado en una constatación de las potencialidades de la sociedad, puesta a prueba por la crisis, y en la labor y abnegación de los servidores públicos, que posibilitan que el Estado funcione.

De cara al futuro, el Rey ha efectuado su composición de lugar: en lo económico, constata que ya vivimos con la esperanza cierta de una recuperación que de hecho ya hemos iniciado, e insta a crear empleo y de calidad, a corregir las desigualdades y a fortalecer la cohesión social. Se trata, en fin, de que muchas familias puedan recuperar el nivel de vida perdido, de que los jóvenes encuentren oportunidades y de que los más desfavorecidos sepan que no quedarán en la estacada. Renace la idea de la monarquía social que trajo a las instituciones europeas la tradición prusiana (von Stein) y que el profesor Tierno Galván versionó en español.

En este capítulo, el monarca ha desarrollado en su discurso un elogio de la convivencia basada en el respeto. Respeto a los demás y a la ley vigente: no son admisibles“ni actitudes ni comportamientos que ignoren o desprecien los derechos que tienen y que comparten todos los españoles para la organización de la vida en común”. De hecho, la Corona se limita en esto a leer en voz alta el contrato social que tenemos firmado los españoles a través de la Constitución: quien la violenta, agrede a los demás conciudadanos. Y en efecto, “el progreso, la modernización, el bienestar, requieren siempre de una convivencia democrática basada en el respeto a la Ley, en una voluntad decidida y leal de construir y no de destruir, de engrandecer y no de empequeñecer”. Nadie en Cataluña habrá podido sentirse molesto por una opinión tan cabal.

Finalmente el jefe del Estado, que ha mostrado ya con suficiente énfasis su interés por el progreso intelectual, ha efectuado ciertas reflexiones sobre los avances tecnológicos que han originado ya una verdadera revolución a la que debemos adaptarnos mediante la educación. “Una educación que fomente la investigación, impulse la innovación, promueva la creatividad y el espíritu emprendedor como rasgos y exigencias de la sociedad del futuro”.

Las últimas palabras del mensaje regio han sido de serena invocación a la racionalidad política en los conflictos abiertos: no son tiempos “para fracturas, para divisiones internas, sino para poner el acento en aquello que nos une, construyendo sobre nuestra diversidad; sin tiempos para profundizar en una España de brazos abiertos y manos tendidas”.

Hace algunos años, Gregorio Peces Barba desarrollaba en una revista del grupo Vocento unas ideas que hoy resuenan con especial oportunidad: “en la Monarquía parlamentaria –afirmaba aquel ilustre jurista— se puede decir que la ley hace al Rey y que éste carece de cualquier poder, y no es ni legislativo, ni ejecutivo, ni judicial. Su influencia deriva de su autoridad, que es su capacidad para encarnar la ética pública incorporada al sistema político español, y por representar la unidad y la permanencia del Estado. No es su carisma el que legitima al poder, sino que es el poder organizado en la Constitución el que legitima la función real”. En los dos años y medio de reinado, don Felipe, que ha sido efectivo y discreto en estos largos meses de inestabilidad política en que ha tenido que arbitrar las instituciones, ha dado pruebas de haber interiorizado aquellas sabias admoniciones de uno de los padres más eminentes de la Constitución de 1978.