Adela Cortina

 

 

El Club de Encuentro Manuel Broseta celebró el pasado día 17 la conferencia de fin de curso. Y lo hizo con el acierto de invitar a la catedrática y presidenta de la Fundación ETNOR, Adela Cortina. Asistí, en una sala repleta de un público entregado desde el principio como ella misma apreció, a la charla más estimulante de los últimos tiempos.

Con el oportuno título ‘Ética en tiempo de crisis‘, la catedrática valenciana de indiscutible prestigio internacional desgranó en un tono cercano, amable y muy didáctico, “un camino hacia el crecimiento y nuevas formas de vida”, basado en la reflexión y el aprendizaje para la incorporación de virtudes y valores de excelencia a la vida cotidiana.

Lejos de esas actitudes justicieras que inundan tertulias y artículos de opinión, inasequible al desaliento y a la desmoralización que otros –tal vez de forma inconsciente- alimentan día a día, Adela Cortina pronunció una lección magistral sobre la libertad, la responsabilidad y el compromiso.

En el “deber moral de abrir caminos para la esperanza” que la profesora de ética de la Universitat de Valencia atribuye a una ciudadanía responsable y, con mayor motivo, a sus dirigentes políticos y empresariales, ofreció un diseño tan delicado como riguroso de estrategias conducentes a potenciar una cultura de la obligación y del vínculo, más aristotélica que kantiana, más próxima a las actividades que a las normas, más de infinitivos que de imperativos categóricos.

Ilustrada con ejemplos y anécdotas personales, desde la Ilíada y la Odisea hasta el juego del parchís, la reivindicación de los bienes internos –los propios de la función social y solidaria de cualesquiera profesión u oficio- como la fórmula para una predisposición para obrar bien y la universalización de la excelencia, resultó la tesis principal y profunda que inspiró su espléndido discurso.

Qué hermosas las citas de Humboltd sobre la búsqueda de la verdad desprevenidamente y a través del diálogo, en estos tiempos en que la agresividad y la violencia parecen ser el único cuaderno de bitácora de tanto marinero errante. Qué acertadas las del Nobel de economía Amartya Sen que entiende como meta de esta disciplina la construcción de una sociedad buena. Qué oportunas las destinadas a reclamar actividades sociales cooperativas, frente a los llamados maximizadores racionales –versión intencionadamente asexuada del macho piara- que parecen haber germinado con éxito en las últimas décadas.

Estas décadas del todo vale, del individualismo elevado a la categoría de objetivo, de la ambición desmedida, de la avaricia indisimulada. De la vertiginosa pérdida de los valores de igualdad y respeto por lo diverso, de solidaridad y generosidad, de ambición desmedida y desprecio del que no triunfa. De irresponsable y perverso recorrido hacia la nada global, sin coartada para la ignorancia.

De abandono del campo y desprecio de la naturaleza, de ciudades insanas y de viviendas usurpadas por títulos hipotecarios, de la prevalencia del valor de cambio por el valor de uso en todos los estadios del desarrollo. De sustitución de la cohesión social por el individualismo exacerbado y enfermo.

Pero el discurso de nuestra catedrática –coherente y sólido como es ella- no incidió en la desmoralización sino que, en clave positiva, optó por una suerte de optimismo antropológico y sensato que, sin obviar los llamados bienes externos: dinero, prestigio, poder, legítimos cuando ajustados, hiciera de la trilogía que componen cuidado, cooperación y compasión una guía enraizada en la excelencia al servicio de la comunidad.

La presentó Alejandro Mañes con rigor y cariño a partes iguales. “De la abundancia del corazón habla la lengua”, le agradeció la oradora. Buenos tiempos para la ética.