Ací m’esclafe l’ou

mercedes morales

“Ací me pica, ací me cou, ací m’esclafe l’ou”…

Y así, con este ritual de romper el adorno de la mona en la frente de un compañero, el huevo de Pascua anuncia la Resurrección, el fin de la Cuaresma, de los viernes de pescado, los potajes de garbanzos y la paella de coliflor.

Benditas tradiciones que nos reconcilian con nosotros mismos a través de los sabores y los platos que siempre nos han acompañado y que contienen en ellos las personas y los recuerdos que tantas veces degustamos.

Porque la Pascua no es Pascua sin la Mona, la longaniza, una pañoleta, una cuerda para saltar y una cometa que elevar en el cielo. Y tampoco lo es si no se estrenan unos vaqueros, una camisa de cuadros y unas zapatillas y se va a pasar el día al campo en pandilla.

Tristemente, de todo este listado de la Semana Santa valenciana, unas tradiciones se mantienen “on” y otras se fueron disolviendo.

En casa, de pequeña, era sagrada la abstinencia de comer carne en este periodo, y todos los viernes anteriores, desde que se fue Don Carnal y llegó Doña Cuaresma, pero ¿cuántos niños hoy prescinden de la carne y los fiambres hasta el Domingo de Resurrección?

Muy pocas familias mantienen la medida dietética de limpiar el organismo de las toxinas de la carne por unos días y ofrecer platos de cuchara como el arroz viudo o el potaje de legumbres.

Hoy todo el mundo parece haber pagado la antigua Bula cristiana con la que se obtenía el privilegio de comer libremente y los ricos se salvaban de la abstención de comer carne.

Y en esa bula nos perdemos la oportunidad de desintoxicar el cuerpo en primavera de tanta y tanta carne como nos acompaña en la dieta moderna y también el placer de rescatar recetas de la gastronomia que acompañaba jornadas de silencio y meditación, procesiones y rompidas de la hora.

Del recetario de nuestros pueblos rescato platos con bacalao y otros pescados como el Potaje de patatas y bacalao de vigilia con allioli, cous-cous marinero (alcuzcuz) que se prepara en la Marina Baixa como herencia de las migraciones al norte de África, arròs amb bacallà, las albóndigas de bacalao y el bacalao con garbanzos.

Pero hay muchos otros como el arroz al horno con pasas y garbanzos, el arroz con acelgas o el arroz con habas (dentro de los arroces viudos), todos ellos magníficos para recuperar en los fogones.

Y también dulces y postres como les rosquetes d’ou (variedad de torrijas hechas con el pan del día anterior) el arnadí o Carabassa Santa (celestial pastel elaborado con calabaza o boniato y horneado con almendras y piñones) o los buñuelos de Cuaresma.

Pero no puedo sino quedarme, por añoranza y triunfo en el tiempo, con la Mona de Pascua, ese bollo de la familia del famoso panquemao de Alberique que en mi niñez tenía forma de serpiente, lagartija o pez y que hoy se pervierte cubriendo de chocolate o crema.

Era una mona solo adornada con anisetes, y coronada por un huevo de color, que regalaba habitualmente el padrino y que anunciaba que las abstinencias habían acabado.

Así que hoy, a degustar la longaniza en un gran día de Pascua donde los niños ya no lloran porque no se les vuela el catxirulo pero aún se puede oír en los pueblos aquella otra tradición pascuera de “la tarara sí, la tarara, no. La tarara mare que la balle jo”.

Merxe Morales