Una CUP dividida aplaza la decisión de si investir o no a Artur Mas

Bravo, doña GabrielaLa llingüística, com a ciència que és, no admet dogmes ni veritats absolutes. Els dogmes, açò és, la creença cega en un fet o fenòmen sense qüestionar-lo lo més mínim, són propis de les religions o de les més fanàtiques ideologies. Que el valencià és català pareix haver-se convertit per ad alguns en això, un dogma de fe. I no. Els llingüístes, com a bons cientifics, són els autèntics encarregats d’estudiar, contrastar , investigar i cuidar nostres llengües, no obedixen a dogmes ni criteris polítics, o al menys no deurien fer-ho. La qüestió de l’orige i denominació de la llengua que es parla en la Comunitat Valenciana sempre ha sigut motiu de disputa. Ha generat, i generarà interessos i recels polítics. El nacionalisme, -que sempre vol més-, dels nostres veïns del nort, sempre ha dibuixat a les terres valencianes com una extensió de la seua anhelada nacionalitat. Per a construir qualsevol nació, i este és el cas que ens ocupa i toca de prop, fa falta una llengua, una historia, i una cultura més o menys comú. ¿Recorden allò de que ‘qui parla alemany és alemany’? Puix una cosa així passa en la Comunitat Valenciana per lo que fa a la denominació de l’idioma propi de molts valencians. A bon entenedor, sobren les paraules. Ara, la sempre apelada Europa, a través del Consell d’Europa ha tornat a reafirmar-se en lo que és obvi: que el valencià és valencià. Ya ho digueren ilustres autors de la terra que va conéixer el que fóra el primer Segle d’Or d’una llengua en lo que posteriorment s’anomenaria Espanya. Ausiàs March, Joanot Martorell, Bonifaci Ferrer o Sor Isabel de Villena així ho deixaven patent, escribien en ‘llengua valenciana’. I així, segles més tart, tot un poble, i la seua voluntat (eixa mateixa voluntat que s’alega a l’hora de reclamar referéndums impossibles de segregació), seguixen demanant lo que el Consell d’Europa ha vingut a recordar: que el valencià és un idioma, per historia, per tradició i per voluntat del poble que l’usa, el seu autèntic propietari. CASTELLANO: Europa se reafirma: el valenciano sí es una lengua La lingüística, como ciencia que es, no admite dogmas ni verdades absolutas. Los dogmas, esto es, la creencia ciega en un hecho o fenómeno sin cuestionarlo lo más mínimo, son propios de las religiones o de las más fanáticas ideologías. Que el valenciano es catalán parece haberse convertido para algunos en ello, un dogma de fe. Y no. Los lingüistas, como buenos científicos, son los auténticos encargados de estudiar, cotejar, investigar y cuidar nuestras lenguas, no obedecen a dogmas ni criterios políticos, o al menos no deberían hacerlo. La cuestión del origen y denominación de la lengua que se habla en la Comunitat Valenciana siempre ha sido motivo de disputa. Ha generado, y generará intereses y recelos políticos. El nacionalismo, -que siempre quiere más-, de nuestros vecinos del norte, siempre ha dibujado a las tierras valencianas como una extensión de su anhelada nacionalidad. Para construir cualquier nación, y este es el caso que os ocupa y toca de cerca, hace falta una lengua, una historia, y una cultura más o menos común. ¿Recuerdan aquello de que 'quién habla alemán es alemán'? Pues algo así sucede en la Comunitat Valenciana con respecto a la denominación del idioma propio de muchos valencianos. A buen entendedor, sobran las palabras. Ahora, la siempre apelada Europa, a través del Consejo de Europa ha vuelto a reafirmarse en lo que es obvio: que el valenciano es valenciano. Ya lo dijeron ilustres autores de la tierra que conoció el que fuera el primer Siglo de Oro de una lengua en lo que posteriormente se llamaría España. Ausiàs March, Joanot Martorell, Bonifaci Ferrer o Sor Isabel de Villena así lo dejaban patente, escribían en 'lengua valenciana'. Y así, siglos más tarde, todo un pueblo, y su voluntad (esa misma voluntad que se alega a la hora de reclamar referendums imposibles de segregación), siguen pidiendo lo que el Consejo de Europa ha venido a recordar: que el valenciano es un idioma, por historia, por tradición y por voluntad del pueblo que lo usa, su auténtico propietario.

Empate técnico y matemático a 1.515 votos entre los partidarios de investir a Mas y los detractores de esa maniobra dentro de la CUP. Un resultado que suscita la polémica, ya que ni los más avispados sociólogos habrían presagiado un empate que cuesta creer que sea fruto de la casualidad, en una votación en la que participan más de 3.000 electores. Por tanto, de ese modo, una CUP dividida ha aplazado la decisión de si investir o no a Artur Mas hasta el 2 de enero.

Sobretodo, cuesta creerlo por el olor que desprende, teniendo en cuenta que durante una semana se han aventurado interpretaciones variopintas sobre las distintas hipótesis que se barajaban para cada uno de los posibles resultados. Representaciones tempranas desde distintos medios de comunicación, tanto a nivel de la organización como a nivel autonómico, así como a nivel nacional, partiendo de la base que una investidura o no de Mas como President condicionaría el panorama de pactos en Madrid. Ya ven ustedes a donde ha llegado la CUP con 10 escaños en el Parlamento catalán: a decidir pactos parlamentarios en el conjunto del Estado español. Así es.

Las preguntas al respecto son:

– ¿Con qué intencionalidad votan los militantes de las fuerzas que confluyen en la CUP?

– ¿Para ellos es una votación de tantas en la asamblea?

– ¿Votan si poner o no a un corrupto de President o si quieren o no independencia?

– ¿Votan para decidir en Barcelona o en Madrid?

– ¿Es una segunda vuelta de las generales?

Los que vieron nacer a la CUP como partido en 1987 deben estar alucinando con lo lejos que ha llegado el poder de la asamblearismo de barrio. Suponemos que nadie dentro del grupo de los fundadores creyó en aquellos años que 3.030 votos llegaran a valer tanto. Los casi recién llegados, como es el caso de David Fernández, aunque no lo parezca, tampoco estarán sumidos en una tranquilidad excesiva.

Mientras tanto, y sin intención, queremos sobrentender, seguimos unos días más con la cortina de humo creada por los que dicen ser amigos de disiparlas. Maldita casualidad, profunda causalidad.